Por Karina Miñano
—¿Cómo va todo por aquí? —preguntó el responsable al nuevo cargador.
Tijm impartía instrucciones a su equipo mientras alineaba las flores y fotografías en la mesa conmemorativa. Su experiencia y tono sereno, aunque firme, reflejaban su convicción en el protocolo y la solemnidad de la ocasión, mientras los invitados comenzaban a llegar, tomando asiento sin apenas hacer ruido.
—Todo bien, señor. Solo un poco nervioso por… ya sabe, es la primera vez… —replicó en voz baja.
Mark, entre nervios y respeto, trató de ocultar su inexperiencia tras una máscara de compostura. Los ojos de Tijm, concentrados en una corona de flores, escuchaban atentamente a su nuevo empleado. Su traje gris, corbata roja y cabello rizado, largo hasta los hombros, le conferían un aire de actor de cine.
— Llámame Tijm. Respira profundo y mantén la compostura. Todos aquí hemos pasado por esa experiencia alguna vez. Solo hazlo con respeto y calma; eso es lo más importante —aconsejó.
El nuevo cargador esbozó una tímida sonrisa. Observó llegar a más personas que pasaban por su lado sin mirarlo. Sus pasos resonaban en los techos altos de aquel recinto, una antigua sinagoga en el centro de la ciudad. A pesar de las paredes frías, la temperatura iba en aumento. Mark, al mirar hacia la sala llena de invitados, comprendió que cada movimiento suyo sería observado.
—Y si me tropiezo. Y si hago caer a todos. Y si el ataúd se abre frente a la familia. Yo nunca he tocado a un muerto…—musitó con rapidez.
Buceaba en recuerdos del único funeral al que asistió: el de su abuelo; las miradas expectantes, los susurros y gestos de condolencia. Pero cargar el ataúd de un extraño significaba un nivel protocolar del que apenas tenía noción teórica. Trató de recordar cómo llevaron a su abuelo al cementerio. Sin embargo, la presión de estar bajo la mirada de todos los asistentes le hacía pensar en la torpeza de sus pasos. No se dio cuenta de que sus pensamientos se volvían audibles.
—No parece muy difícil. No estoy solo. Pero ¿y si me caigo? Yo siempre me tropiezo.
—El suelo está limpio y tus zapatos no resbalan. Tranquilízate y toma un poco de agua. Tienes un par de minutos —le susurró Tijm que estaba parado cerca de él.
La mirada escrutadora de Tijm pesó sobre él. Tras beber de un vaso, Mark volvió a su lugar sin hacer ruido. Las prácticas con sus compañeros apenas unas horas antes inundaron su mente y no pudo dejar de advertir que tenía algo parecido al miedo.
El pastor, encargado del homenaje, llegó. Mark sabía que el momento de cargar el féretro y llevarlo al centro de la sala se acercaba. Buscó miradas entre los familiares, anhelando encontrar algo que le diera seguridad. Pero nadie reparaba en él, sumidos en su dolor.
A medida que se acercaba el momento, Mark intentaba emular la serenidad de sus compañeros y de su jefe. Cada paso era una lucha por controlar los temblores en sus manos y el tumulto en su pecho.
Miró de reojo a los otros cargadores para emular la fastuosidad, esperando que su gesto fuera un tributo digno de la situación y un consuelo para los presentes. Finalmente, la orden llegó. Mark se ubicó entre sus compañeros, manteniendo la mirada al frente, siguiendo el paso delante de él. Los cargadores se alinearon a ambos lados del ataúd. Levantaron el féretro a la voz del más experimentado. Debían subir las escaleras. «Son solo 15 peldaños», recordó en silencio. Había tanta gente que algunos debieron ubicarse en los lados y escaleras. Las gotas de sudor caían de su frente y una comezón en la nariz lo incomodaba. Al rascarse, desequilibró ligeramente a los demás. Inhaló hondo y, en el silencio reinante, su respiración retumbó en el salón.
Tijm observaba el movimiento de sus empleados, sobre todo ponía atención en el joven inexperto. Cargar un ataúd no era una tarea difícil, pero requería paciencia, ritmo y solemnidad. Una vez en la sala, Mark escuchó la voz de su compañero que indicaba que debían levantar el féretro y apoyarlo en los hombros. Y así lo hicieron, en un solo movimiento. Una segunda orden anunciaba el comienzo del camino al centro del salón. Avanzaron despacio, un pie delante del otro, mientras el rostro de Mark se cubría de sudor. Al llegar, colocaron el ataúd en los pedestales. A pesar del nerviosismo, Mark obedeció la orden ignorando el sudor en su rostro. Los movimientos fueron ágiles, pero sin prisas. Luego, ubicaron las seis velas a los lados del ataúd y se retiraron.
En una habitación contigua, Mark sacó un pañuelo blanco de su bolsillo que había sido de su abuelo, y se secó el sudor. Respiró hondo y en silencio agradeció a su abuelo por haberlo guiado en un momento tan importante para los presentes.
Texto: Karina Miñano
Foto: puyMDznlbnw / Unsplash
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