Sofía

Cuando despertó, el olor a lejía con lavanda invadía toda la habitación. Su madre había entrado otra vez mientras ella dormía. Sus ojos empezaron a arder y le costaba abrirlos del todo. Era como si una fuerza la obligara a cerrarlos. De un solo movimiento se incorporó. El olor era tan intenso que empezó a sentir que el aire le faltaba. Sus pies tocaron el suelo, todavía mojado; pensó que era mejor no caminar descalza. Pero por más que buscaba con el pie no encontraba sus pantuflas. Con los ojos todavía cerrados, estiró la mano hacia la mesa de noche y tanteó hasta que encontró su frasco de mentol. Al acercárselo a la nariz, sintió un alivio que duró apenas unos minutos. El calor empezaba a subirle por los pies. Cuando le llegó a la cabeza, ya sudaba como si hubiera corrido una maratón. Al abrir los ojos, comprendió que la limpieza no había sido solo del piso. Sus estantes estaban vacíos. «¿Dónde están mis libros? ¿Dónde están mis afiches de Madonna y de Julio Cortázar? ¿Dónde está mi radiocasete?», se preguntaba mientras recorría el cuarto con la mirada. Recordó que tenía adentro un casete de Roxette que debía devolver a JC.  Abrió la boca para llamar a su madre, pero las palabras no asomaban. Se levantó apresurada hacia la ventana; después de varios intentos supo que estaba cerrada con llave. «¿Y dónde está la llave?».  Corrió al ropero, necesitaba zapatos y ropa limpia. Estaba vacío. El rostro la quemaba. Tenía que salir de allí. «Se pasa la vida limpiando, pero esto ya es la exageración», pensó mientras cerraba el ropero con fuerza. Caminó hacia la puerta y tampoco la pudo abrir. «No, no es para tanto. Solo fueron unas cuantas cervezas y no regresé borracha a casa», se dijo. Un hormigueo le recorrió la espalda. Intentó tranquilizarse respirando hondo. «Inhala, uno, dos, tres, cuatro. Retén. Uno, dos, tres, cuatro. Exhala». Repitió cinco veces. «Piensa, piensa. ¿A qué hora llegué anoche? ¡No era muy tarde! o ¿tal vez sí? Sabía que era una fecha importante». Había celebrado la graduación de Narcisa, una de sus mejores amigas. «¿Pero por qué se ha llevado todas mis cosas? ¡Está loca!». Se volvió a la puerta y empezó a llamar con el puño. Nada. Parecía que no hubiese nadie en la casa. Puso la oreja sobre la puerta. No escuchaba el ruido de la cocina, ni voces cerca. Quiso saber la hora. Regresó a la mesa de noche y encontró su reloj dentro del cajón. Era un Citizen de cuerda, regalo de su abuelo, de esos que muestran el día y la hora. Se lo acercó al oído para comprobar que todavía funcionaba. El suave tic-tac le devolvió una leve sonrisa. «Si se llevó todo, ¿por qué no se llevó el reloj del abuelo?», se preguntó. Se acercó de nuevo a la ventana. Las casas de enfrente habían cambiado de color y de fachada. Arrugó el entrecejo y pensó que tal vez sí estaba borracha. El olor a lejía le seguía irritando los ojos. Miró el reloj, marcaba las once de la mañana. En cualquier momento Sofía, que vivía justo al frente de su casa, saldría hacia la universidad y, como siempre, la llamaría por la ventana. Miró hacia abajo para darse cuenta de que el jardín de la entrada de su propia casa estaba lleno de hortensias rosadas. Su madre era alérgica a las hortensias. «¿Dónde está mi madre?». A las once y diez pensó que Sofía estaba dormida todavía. «¿Llegamos realmente tan borrachas?».  Forcejeaba con la ventana y miraba la calle al mismo tiempo; los autos se veían nuevos. «La gente tiene plata», se dijo. Y entonces vio a una mujer abrir la puerta de la casa de enfrente; se parecía a Sofía, pero mayor. «No puede ser su madre», pensó, «murió hace tiempo». «¿Quién es?». La mujer tenía un niño en brazos y una niña salió corriendo detrás de ella. Sofía no le había dicho nada la noche anterior sobre ninguna visita. Escuchó gritar a la niña que se había tropezado y caído. «¡Mamá, mamá!», llamaba. La mujer se agachó y estiró el brazo para recoger a su hija, llevaba un tatuaje a lo largo. Lo reconoció y miró el suyo. Era el mismo tatuaje que ambas se hicieron para jurarse amistad eterna y que su madre desaprobó. Retrocedió al ver la escena. Se volvió hacia su habitación: estaba prácticamente vacía, sin sus afiches, sin sus libros, sin su ropa. Su madre nunca limpiaba con lejía aromatizada, recordó. Observó su reloj, escuchó el tic-tac y empezó a sudar otra vez, sintió sus manos frías. «¿Dónde está mi mamá? No, ella no se llevaría toda mi ropa». Regresó a la ventana y vio a un hombre salir de la casa de enfrente, cerrar la puerta con llave y llamar por su nombre a la mujer: Sofía. 


Texto: Karina Miñano

Foto: Alexander Bailey


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