Veinte mil pasos

Se preguntó cuántas veces cayó dormido mientras miraba la noche a través de esos barrotes. ¿Cuántas veces vio la luna? ¿Cuántas veces habló al aire con su madre, con su padre, y pensó en los hijos que no volvieron? A su alrededor, las paredes verdes, gastadas, con dibujos mal hechos colgados como cuadros, recuerdos de aquel taller de arte que duró tan poco. Se sentó al filo de la cama, sus pies parecían agradecerle la libertad que él ya no conocía. ¿Hacía cuánto tiempo que no usaba zapatos?  Sus chanclas eran cómodas. Recorrió el espacio con su mirada, ¿cuántas cosas eran de verdad suyas? Contó sus libros, sus dos pares de pantalones, sus camisetas, apenas tres; ropa interior, un par de bividís, algunos pares de medias y pocos calzoncillos. La Biblia. No, no era suya. Estaba allí cuando llegó, pero la siente como suya. Empezó a leerla a los dos días de su llegada. Habían pasado casi sesenta años desde aquel día. Estaba convencido de que él no llegaría a ver el final de su estadía. Pensó en morirse, pensó en acabar con todo. Al fondo un inodoro, un lavabo. Tuvo suerte, pensó, nunca tuvo que compartir su casa con otro.

Hurgó en su memoria para recordar que tenía veinte años cuando llegó. Ahora era uno de los más viejos. El mes anterior había cumplido ochenta años. Ya no corre, ya no sopla con fuerzas. Ochenta años, murmura. Ochenta años, repite, una, dos, tres veces. Sus ojos se fijaron en el cepillo de dientes, en la pasta dental, en el jabón, en la toalla deshilachada y gastada en el centro. Muchos le habían tomado cariño. Le habían confiado historias y comentado cosas que entre hombres se dicen. De pronto la tortura. ¿Adónde iré?, preguntó al aire. La noche avanzaba mientras él caía dormido. Al día siguiente, el celador se acercó a su puerta con la sonrisa ancha en la cara gorda y una maleta de lona en sus manos.

—¡Hoy es el día, por fin!, ¿verdad?, ¿contento? —preguntó al mismo tiempo que le pasaba la maleta.

Él le devolvió una sonrisa confusa, pensativa.

—¡Vamos, hombre! ¡El último desayuno! —continuó.

Sus compañeros movían la cabeza en señal de saludo al verlo pasar. Uno con el rostro tatuado se puso el puño sobre el pecho. Él avanzaba despacio, como siempre. Nada le apuraba. Cada paso lo contaba en silencio. Aprendió a contarlos durante el día como una forma de mantener la cabeza ocupada y la mente activa, además de mover el cuerpo. Un día contó casi veinte mil pasos. Se detuvo en medio del pasillo y miró hacia el fondo, hacia el lugar donde funcionó la biblioteca. Leyó todos los libros. Cuando decidieron cerrarla, él fue uno de los pocos autorizados para llevar los libros al camión. El director le dijo que escogiera dos libros como regalo. Él no tuvo que pensar mucho. Ulises de Joyce y Cartas al Padre de Kafka, sus favoritos.

Después del desayuno, fue a la peluquería, le cortaron el pelo y la barba. De regreso guardó sus cosas en la maleta y al mediodía se cambió de ropa. Dejó el uniforme doblado sobre la cama que ocupó por sesenta años. ¿Adónde iré? ¿Dónde dormiré esta noche? ¿Qué comeré? ¿Qué tanto ha cambiado la vida, la calle, las tiendas? Preguntas vacías. Afuera del recinto el autobús ya lo esperaba. Lo llevaría al centro de la ciudad o a una dirección que el juez o el director indicaran. Él tenía solo un número de teléfono al que había llamado todos los días en las últimas semanas. Nadie contestaba. Tampoco le devolvían la llamada. El director también lo había intentado. Nada. A final le consiguió un lugar en una casa para ancianos. El gobierno asumiría el costo por los primeros tres meses, tiempo en el que debería buscar a su familia e irse a vivir con ellos.

Después del almuerzo, de estrechar manos y abrazar a unos cuantos, el celador le dijo que era tiempo de ir a la sala donde lo esperaban el juez y el director. El celador cargó con la maleta y caminó detrás de él por primera vez en los últimos sesenta años. Al llegar notó que los asientos reservados para la familia estaban vacíos.

—Este juzgado y centro de reclusión se complacen en anunciar que el día de hoy Jacinto Cebedo ha cumplido su condena. Ha sido un recluso modelo en todo este tiempo y es apreciado por el personal y por sus compañeros, —dijo con voz ceremonial—. Espero que aproveche este tiempo que le queda para disfrutar de los suyos. —El juez miró de reojo las sillas vacías y añadió —cuando se reúna con ellos. ¿Tiene algo que decir?

Jacinto negó con la cabeza.

—En ese caso, usted es libre de irse.

—Pero…—interrumpió Jacinto.

Se puso de pie y con las manos que le temblaban se apoyó sobre la mesa.

—Señor juez, no puedo irme.

—¿Cómo? Ya cumplió su condena, hombre.

El juez tenía la mirada confusa y el ceño fruncido.

Jacinto se volvió a mirar las sillas vacías, luego al juez y con voz entrecortada afirmó:

—Soy peligroso.


Texto: Karina Miñano

Imagen: Creada con IA


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