Suzanne Vega

Por Patricia Cardona Roca

Ana y Jaime se sentaban juntos en clase. El pupitre de Jaime quedaba en el lado de la ventana. El de Ana, pegado al de Jaime, daba a uno de los pasillos. Lo que más le gustaba a Ana era agacharse y mirar hacia atrás para ver la geometría formada por las “miles” de patas de las mesas y las sillas y adivinar nuevas formas que también encontraba en las nubes.  Rodríguez, ¿qué hay tan interesante ahí fuera?, le decía el profesor, don Eusebio. Los alumnos estaban sentados por orden de lista y a ellos les había tocado en la cuarta fila.

No eran muy habladores. Sacaban más o menos las mismas notas. Bueno, Ana un poco peores. Ana era de suficientes y bienes con algún notable ocasional y Jaime sacaba notables, bienes y esporádicamente algún suficiente. Ambos tenían el pelo negro, los ojos negros y mofletes grandes y rosados. Ana era morena de piel y Jaime pálido, casi transparente, a excepción de sus mejillas. De entrada a ninguno de los dos los escogían sus compañeros para formar equipos, ni de baloncesto, ni de fútbol, ni de nada, y eso que Ana era ágil, sin embargo se acobardaba ante un grupo. Jaime gritaba a ¡mí, a mí!, pero caía en oídos sordos y al final un equipo tenía la mala suerte de incorporar a Ana y otro a Jaime. Eso los unía. Tenían 9 años. 

Llegó la evaluación de primavera. Ana había sacado un cinco en mates y Jaime un seis y medio. Las mejillas de Jaime se tornaron rojo fuego, se encogió, apretaba con fuerza los labios y los puños, le faltaba la respiración, ocultaba la cara bajo su flequillo negro, las lágrimas le rodaban por los mofletes y le colgaban de la barbilla. 

— ¿Qué te pasa? ¿Por qué lloras? —le preguntó Ana. 

—Mis padres me pegan cuando no saco un notable.

Ana no supo qué decir y no dijo nada, se subió al autobús y se fue arrastrando los pies a casa. Días después Daniel, un compañero de clase, les contó durante la comida, que Jaime siempre se encerraba en el baño para cambiarse de ropa a la hora de gimnasia. Les dijo que un día lo espió y vio que tenía el cuerpo lleno de cardenales y marcas rojas. Nunca nadie habló más del tema. 

Ana tenía una madre que la quería mucho, siempre le decía te quiero mucho mi niña. Ana quería a su madre más que a nadie en el mundo y así lo escribía en su diario. Se sentía afortunada cuando se comparaba con Jaime. Su madre la colmaba de besos y abrazos. Sin embargo, Ana prefería ir a visitar a sus vecinas, a su abuela, sus tíos, sus primos o sus amigos antes que estar en casa con su madre. Era más divertido. No sabía por qué.

Ana y Jaime solo coincidieron ese año en el colegio. 

Estaba Ana estudiando en la biblioteca de la universidad cuando leyó una noticia que decía que un becario de la facultad de química de 21 años se había “Muerto un día antes de su suicidio”. En la madrugada del día anterior habían hallado un Ford Fiesta beige empotrado contra un muro de contención a la salida de la universidad. El joven no llevaba el cinturón de seguridad y no había sobrevivido al impacto. Cuando llegó la ambulancia ya había fallecido. Habían encontrado en el bolsillo interior de su chaqueta una carta con fecha del día siguiente. La carta estaba dirigida a sus queridos padres. Les decía que no quería seguir decepcionándolos ni avergonzándolos, que los amaba y lo que más deseaba era hacerles felices y lo mejor que podía hacer era dejar de ser un estorbo para ellos. La policía y la fiscalía habían abierto una investigación para esclarecer si los padres eran culpables de algún acto punible. Por suerte los dos tanques de monóxido de carbono que había robado de la universidad y que llevaba en el maletero no habían explotado. El desastre podría haber sido aún mayor, decía la noticia.  El nombre del chico era J.R.T. A Ana se le hizo un nudo en la garganta y enseguida otro en el estómago. No pudo seguir estudiando. Cuando llegó a casa su madre no estaba, así se podía duchar tranquila. Ya había tomado, hacía tiempo, la costumbre de ducharse cuando su madre no estaba en casa. Al salir del baño escuchó los mensajes del contestador. El primero era de su abuela que le decía que le había comprado las gambas pequeñas que le gustaban para ponerle a la paella del domingo. Ana sintió el calor y el cuidado de su abuela. El segundo era de su madre, con una voz ebria le decía que estaba en la peluquería y que llegaría tarde. De fondo se oían máquinas tragaperras. Otra noche más. Otra sin saber cuándo llegaría a casa. 

Ana puso el CD de Suzanne Vega Solitude Standing, se acurrucó en la cama con un perrito de peluche al que ya le faltaban las orejas, su confidente.  Primero sonó Tom’s Dinner y con los primeros acordes de Luka hundió la cabeza en la almohada, la mordió y gritó todo lo fuerte que pudo hasta ahogarse y deseó una vez más que su madre se muriera esa noche. 



Nota de la autora: Este relato está dedicado a todos los Jaimes, Lukas y Anas que estos días viven encerrados con el monstruo de debajo de la cama circulando con plena libertad e impunidad por toda la casa. Los lobos con pieles de padres sacrificados son los más difíciles de destapar.  

Luka por Suzanne Vega

Suzanne Vega publicó esta canción en 1987 para sensibilizar al público sobre el abuso infantil. Hoy, en 2020, sigue siendo un tabú. 


Patricia Cardona Roca © Abril 2020.

Foto: Nöele Mauri

IG https://www.instagram.com/noellemauri/


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