Por Karina Miñano
Veinte años son muchos cuando se camina a cuatro patas. Llegué a su vida hace diez cuando conocí a Dorian, quien lo tuvo desde que nació. Pequeño, tímido con los extraños, pero de carácter fuerte formado por la calle, un poco como Dorian. Recuerdo que no le gustaba entrar en la casa, se quedaba en el jardín delantero. Nunca me gustó que Dorian lo dejara vivir fuera. Debe ser mi instinto de protección, siempre pienso en los peligros a los que se enfrentan, sobre todo con los autos. Yo intentaba hacerlo entrar cada vez que visitaba a Dorian. En ocasiones lo lograba. En cambio, Plato, entraba y salía cada vez que quería. Le gustaba estar rodeado de gente. Al poco tiempo de haberlo conocido Plato se tuvo que ir y dejó mucha tristeza en los hijos de Dorian, pequeños en aquel entonces.
Pixie siempre me pareció un nombre raro para un macho con tremendo carácter. En los últimos diez años escuché tantas historias que hablaban de su valentía y protección territorial como sus mejores atributos. Le gustaba vivir en la libertad que da la calle. De vez en cuando se desaparecía por varios días. Dorian recorría la isla mientras lo buscaba entre los autos, los arbustos y llamaba su nombre a voz en cuello. Una vez, Pixie demoró más de un mes en volver. La idea de no verlo nunca más llenó de tristeza la casa de Dorian, hasta que una noche tocó a la puerta y como si nada hubiera pasado reclamó su plato de comida. Era un aventurero.
Los inviernos pasaron y Pixie decidió que la casa y la alfombra eran más cálidas y acogedoras que la calle. Se quedó a dormir una noche, luego dos, luego tres… Su voz se hizo ronca, más ronca con cada año que transcurría. En las primaveras le gustaba sentarse en la hierba del jardín a tomar el sol y en los veranos disfrutaba de la brisa debajo del árbol de castaños. Cuando decidió quedarse en la casa, sospeché que la edad le estaba pasando factura. Los inviernos son helados, supongo que sus huesos debieron sentirlo. Una tarde noté que tenía copiosas canas y que el color de sus ojos empezaba a borrarse, como le sucede a la gente muy mayor. Aún así, a veces corría por toda la casa y trepaba la cerca. Nunca hubo puertas cerradas para él. Durante el último año nos dimos cuenta de que sus pasos se hacían cada vez más lentos, que ya no escuchaba cuando lo llamábamos, ni tampoco cuando abríamos la puerta. Lejano parece el tiempo cuando yo llegaba de visita y me apresuraba a darle su comida. Él ya me había aceptado y cada vez que me veía me llenaba de amor sincero. Los últimos meses fueron difíciles, comía menos, perdía peso, sus músculos desaparecieron; era hueso, pelo y pellejo. Sin embargo, a cada caricia respondía con gestos amables. Se hacía querer, yo lo quería. El primero de mayo celebramos sus veinte años, pero él no estaba para celebraciones. El jamón se quedó en el plato pues lo único que quería era dormir. Observamos que por momentos parecía desorientado, se olvidaba de dónde estaba, y en otras ocasiones no podía controlar sus funciones fisiológicas. Una nueva rutina empezó: revisar y limpiar sus almohadas, la alfombra y el piso. Lo doctores no encontraron nada extraño, dijeron que era la vejez. Supimos que ya no podíamos dejarlo solo. Aprendimos que el Alzheimer también es común entre ellos. Pixie amaba comer. Cuando era joven, apenas sentía a alguien en la cocina, volaba a reclamar un pedazo de lo que fuera y lo hacía con esa voz ronca que dan los años. Una vez le ofrecí un trozo de piña, se acercó, lo olió, dio media vuelta ofendido y se fue sin decir nada. Me reí tanto… Dorian decía que Pixie tenía un comportamiento oportunista con la comida. Creo que era verdad.
Supimos que ya no podíamos dejarlo solo. Aprendimos que el Alzheimer también es común entre ellos.
La última semana de mayo comenzó mal. Esos veinte años de pronto parecieron ciento veinte; ya no podía sostenerse en pie por mucho tiempo. Nos aseguramos de que no sufriera. Mas había que llevarlo a que comiera, lo hacía muy poco. Alzado en brazos lo sacábamos al jardín para que tomara el sol. Llevarlo a su baño era lo más difícil. Me parece que esto le pasa a bastante gente que se hace muy anciana y pierde sus capacidades. Pixie nunca se quejó; al contrario, disfrutaba de cada cariño, adoraba la atención. El sábado tres de junio no fue capaz de levantarse, su peso de puros huesos parecía ser demasiado. En la mañana tomó poca agua, y al mediodía hubo que limpiarlo, pues no podía controlar sus necesidades. Se quedó en su almohada y durmió. En la noche se levantó muy hablador, caminó rápido por todo el salón. Un halo de confusión nos envolvió. Llegó a su bebedero, del que apenas tomó un poco, y se dejó caer en el piso de la cocina, al lado de su plato. Los cuatro corrimos a su lado. Una caricia, un maullido ronco, lágrimas, el adiós.
Texto: Karina Miñano
Foto: Andras Pollé
2 respuestas
Hermoso, en cada línea me he encontrado con los 17 años de mi snauzer amado Mateo Alejandro, hace dos semanas que nos dejo y el vacío es enorme, su ausencia pesa; aún nuestra mirada lo busca en su rincón de los sueños.
Gracias Leila. Comprendo mucho ese vacío. El tiempo hará su trabajo. Un abrazo.