Yo, la peor

No se puede ir por el mundo diciéndole a la gente lo que tiene que hacer. Eso lo supe tarde. Yo era la que resaltaba las equivocaciones de los demás. Decía con detalle lo que debían hacer y dejaba claro que yo hacía las cosas bien. Cuando una amiga me contaba sus penas, ya estaba lista para decirle lo que tenía que pensar y cómo debía actuar.

Yo era la que sabía todo, sobre todo durante los estudios; creía que las buenas calificaciones me autorizaban para dar sermones y consejos de vida. Además, me cuidaba de mostrar manifestaciones de lo que era la perfección. Lo que nadie se imaginaba era que, a escondidas, vivía atormentada. Preocupada por mostrarme fuerte, incluso cuando quería llorar y romper lo que hubiese frente a mí. Mi arrogancia hacía que leyera un poquito, ya fuera de libros o de artículos, y pretendiera que con ello ya adquiría el conocimiento de todo.

Desde luego, también me preocupaba que me criticaran. En realidad, me dolían las críticas, y estaba siempre a la defensiva. La verdad es que a mí nadie me preguntaba cómo estaba. No hubo alguien que se percatara de que, debajo de ese aire superior que me gustaba mostrar, temía la llegada de los momentos de soledad. Caminaba por las calles oscuras y solitarias, a veces para no ver a nadie y otras para que nadie me viera. Lo hacía con miedo. Esos eran los únicos instantes en que podía ser miedosa sin que nadie lo notara. En otras palabras, era al fin yo. Al llegar al barrio, mi postura cambiaba, mi rostro pasaba de ser un retrato del pánico a uno con la mirada altiva y el porte derecho. Segura de mí misma, abría la puerta de la casa y entonces mi autoridad crecía. Sí, porque con los míos mi soberbia se hacía más grande. Esa casa era mi podio, el lugar donde podía imponerme. No se me ocurrió comentar lo que pasaba por mi cabeza y menos por mi corazón. Jamás conté sobre el maltrato que recibí de los grandes cuando era pequeña; tampoco del abuso sexual.

«esto te va a doler, Dolores» y se echó a reír.

Silencio. El silencio me hizo fuerte. También asustadiza. Y por ello, no hablaba. Temía al «¿por qué no lo dijiste antes?», «¿por qué hablas ahora?». Y a tantas más de esas frases y preguntas que escuchaba con frecuencia cuando alguien, por fin, decidía contar su historia. Cómo iba a mostrar mi lado más vulnerable. Quién iba a creer que a mí me maltrataron, que yo era una persona con temores, y muchos. Quién hablaría a mi favor. No. No tenía derecho a arruinarles la imagen que tenían de mí y menos poner en evidencia mi debilidad frente de los demás. Nadie se hubiera imaginado por lo que tuve que pasar antes de aquel día. No, señor, a Dolores del Mar nada malo le ha pasado. Pero vaya nombre que me pusieron, Dolores. En estos días nadie se atreve a llamar a sus hijas Dolores. En la escuela me llamaban Dolo. Lo que no supieron mis padres es que me marcaron con el nombrecito ese. Nunca me gustó, para ser sincera. Recuerdo que mi abusador me dijo una vez con esa cara asquerosa y excitada «esto te va a doler, Dolores» y se echó a reír. Y me dolió. Me dolió también en el alma todos esos cinco años que pasó por mí. Y también todos los otros años que me callé. Ya nada de eso importa. Sin embargo, ahora sé que no se puede ir por el mundo aparentando que nada te pasó. Y vaya que lo aprendí tarde. Temía mostrarme vulnerable pues no quería que se pensara que era débil. Hasta que llega un momento en que no se puede más. Mi cuerpo era un contenedor de silencios y secretos, en especial de miedo. Y el miedo explota, señores. Explota sin verlo llegar. Y cuando eso pasa, no se puede controlar. Y pasa lo que me pasó.

Por supuesto, mis hijos no supieron mi historia, tampoco de mis temores, ni de los maltratos. Y mi marido, qué puedo decir de él. Me ha soportado harto. Siempre me hacía caso, porque eso sí, en casa todo debía estar como a mí me gustaba: en orden y limpio. Mi voz llenaba mi hogar con mis gritos y reclamos. Gritar me hacía sentir grande. El pobre Jerónimo bebe mucho en estos últimos meses. Pensé que estaría feliz. Libre al fin. Mas no. Él me extraña. Yo me fui con la idea de que no existió amor entre nosotros; solo costumbre, como la canción de la Rocío Dúrcal. Pobre, quién lo va a gritar y mandar como lo hacía yo. Bueno, basta. No se puede hacer nada y menos llorar. Por que aquí la única que se ha muerto he sido yo.


Texto: Karina Miñano

Foto: Jan Canty/Unsplash


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