Por Martha Manarini

Escribí este texto, que desafortunadamente no es ficción sino crónica de vida, para acompañar la tragedia de Isabel que es nuestra tragedia. La ejemplar, la querida Isabel cuyo recuerdo aún duele y cuya muerte será injusticia y testimonio de barbarie por siempre.
A Isabel, que volvió a su casa.
Entraron.
No halló a quién buscaba su violencia.
Desafuero.
Disfrazada de seguridad nacional, de restablecer el orden, de pacificación… la tragedia que sobrevivió la gente de la casa violentada.
No sobrevivieron los objetos.
Volaban y caían quitándole ingenuidad a la vereda, hacia la calle como si no se atrevieran a entrar nuevamente a la casa de miedo triste.
Apenas restos que ningún vecino tocaba, sino de perfil con la mirada, los papeles los llamaban en rosados, blancos, amarillos agitados se arrastraban en el camino a mesura de los pasos de la gente que no sabía si caminaba, más veloz que las ansias.
La casa de boca abierta, desorbitadas las persianas no vuelvas Isabel gritaba.