Retiro

Por Alejandra Szir

Gomitas, sacapuntas, polvo, tarjetitas, las cosas dispuestas, el cuarto de sus hijas le da una sensación de ternura y de fecha de vencimiento a la vez, todo está viejo, usado, las paredes sucias, y tratar de mantener el orden, la limpieza, es una tarea sin fin. Leonor mira los objetos y se va; viaja hacia el este.

            Hay perros en esta región, como en todas partes. Son raros. En el oeste se zafan mucho. No se puede leer en los parques porque siempre apoyan sus fauces babosas en los libros. Las páginas mojadas se secan al sol pero igual queda Flaubert para siempre marcado como territorio canino.

            Una amiga de Leonor, Bianca, compró una perrita. Por un altercado, la pobre tiene que andar con bozal. Bianca le dijo a Leonor que es por culpa del gobierno. Ellos lanzan unas ondas de sumisión que los perros no toleran.

            En el este no hace falta tanto aspaviento. Los perros no babosean los libros ni se ladran entre sí. Y no hay bozales. Ni ultrasonidos. Tampoco hay mucha gente. Sí hay perros. Leonor los mira y se acuerda de Bianca. Por suerte, Bianca sabe nadar muy bien, si se inundara la región, sobreviviría. Eso es tranquilizador.

            Leonor en el este piensa en la separación de su marido. Él no quería, pero le dijo «mejor ahora que cuando uno de los dos muera». Ya se lo va a agradecer. Espera la inundación en un lugar que está protegido. Es más alto, el brezal lo cubre todo, excepto las parcelas de bosque. Hay un tipi. Es un retiro espiritual, por eso. «Y ahora viene mi amante», piensa. Entierra manzanas que lleva en el bolso porque sabe que los perros las olfatearán y las comerán.

            Llega un viejo que pide permiso para sentarse a su lado en el banco.

            Ni él ni los perros babosean los libros.

            Aquí se siente la civilización o algo parecido. Y el estómago de Leonor está revuelto, tal vez haya meditado demasiado.

            Los perros encuentran las manzanas, las comen, miran a Leonor y se van. Leonor se les parece mucho: peluda, ágil, marrón, negra y blanca. Tuvo marido, casa. Y ahora duerme cerca de un tipi, tiene manzanas y a un viejo. No, no tiene al viejo.

            Va a hacer mucho calor y después el diluvio. Espera que vengan en balsa hacia ella: las hijas, el marido, la amiga y la perra ya liberada del bozal. Un bozal no es un brezal.

            Se levanta, le echa una mirada rápida al viejo todavía sentado en el banco. Hay un código para la llave y mientras el agua va llegando, abre la puerta y cierra otra vez. Los conejos rodean al tipi. El viejo elige morir. Es mejor separar el este del oeste, Leonor sabe.


© Alejandra Szir 2020


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