Antes de lanzarme por la ventana me di cuenta de que nunca había pedido ayuda. La primera vez que me visitó lo que yo llamo “el pensamiento nublado”, estaba en clase sentada en la última fila, tratando de que se me viera lo menos posible. Las guapas estaban a dos sillas de mí, riendo como tontas, que es como ríen siempre que se juntan.
Yo no sé si justo en ese momento las risas estaban provocadas por mi presencia o si era por otro motivo igual de injustificado. El caso es que el pensamiento nublado se posó sobre mi cabeza y me lloré encima. ¿O fueron gotas de tristeza provenientes de ese pensamiento las que me cayeron por la cara? Da igual, lo extraordinario es que ya no me abandonó durante el resto del día. Ellas, las guapas, reían en el interior de clase, en el exterior, en la cafetería, en los pasillos, en los aseos, en cualquier lugar donde coincidiéramos o donde nos cruzáramos. Y yo siempre pensaba que se reían de mí. Porque se reían.
Ya digo que esa fue la primera vez a la que siguieron muchas, cada día, después incluso cada noche, en que me visitó el pensamiento nublado. Porque este pensamiento también hizo acto de presencia en casa, en mitad del sueño. Venía y me espabilaba sin avisar. Daba igual que estuviera en medio de un lugar imaginario precioso. Si el pensamiento quería, ahí estaba para despertarme con un sobresalto.
La última vez fue ayer mismo. El profesor de filosofía nos había hecho un planteamiento: ¿contestar en las redes a alguien que difunde una cuestión de odio y generar más odio todavía o dejarlo pasar para que el incendio muera por sí solo? Yo dije que era mejor ignorar esos mensajes porque cada respuesta era un leño más al fuego. Y que la gente que los generaba y fomentaba eran inválidos mentales a los que solo había que tenerles lástima. ¡En qué hora! La respuesta fue tan bestia y desproporcionada que no me quedó otra que apagar el móvil, porque estaba convencida de que acabaría explotando en mi mano. Gritaron con mayúsculas, se burlaron, enviaron emoticonos, memes, avatares, todo lo habido y por haber en insultos y ascos. Y, con cada una de esas cosas, el pensamiento se fue haciendo más y más espeso. Total, que analizando la situación, me consideraba en plenas facultades para tomar la decisión que había tomado esta mañana. La pregunta previa era ¿lanzarme o no lanzarme? La respuesta inmediata, provocada por el pensamiento nublado era: tírate, gorda, más que gorda. Total, que le dije ¡cállate!, di un manotazo al nubarrón, me metí en casa y marqué el teléfono de ayuda 116111, porque una mierda de nube y unas mierdas de compañeras no iban a borrarme del mapa. Al otro lado sonó una voz amable y me dejé caer en brazos de un profesional especializado en nubes tóxicas.
Texto y foto: Yolanda García Serrano