Vale que…

Por  Yolanda García Serrano

Vale que me despierto y el sol me da en la cara. Vale que entrecierro los ojos para no deslumbrarme y enseguida me doy cuenta de que el día se presenta maravilloso. Anoche ya lo imaginaba porque no tuve ni pizca de frío, y eso que no había utilizado el edredón de flores que había sido un regalo del destino. De hecho, lo dejé a mi lado, arrugado y casi abandonado, pero me lo he encontrado tal cual, como un perrito fiel esperando a que lo acariciara.

En un rato me vestiré, me lavaré la cara y comenzaré mi jornada. Primero el mercado. Ahí siempre lo paso bien mientras veo los puestos abarrotados de colores, con toda esa comida esperando que alguien se la lleve a casa. La gente camina entre frutas, verduras, pescados, carnes, embutidos… todo el mundo concentrado en los productos necesarios para hacer la comida. Los clientes y los vendedores suelen ser muy amables entre ellos. Conmigo también. Bueno, no todos, algunos me ignoran como si yo fuera otro edredón cualquiera arrumbado junto a la basura. Pero hoy presiento que me va a ir bien. Llevo la bolsa grande, convencida de que volveré con ella llena de ricos alimentos. Y mucha fruta, que es lo más sano para aguantar la jornada. 

Vale que no tengo una presencia espectacular, ni siquiera demasiado agradable, pero no es culpa mía. Yo intento cada mañana colocarme el pelo bien atusado con las manos para que no se escape ningún mechón rebelde. Vale que nunca he tenido mucha maña con la peluquería. Vale que tampoco me ha dado Dios, si es que existe, un físico agraciado. Pero llevo la ropa limpia, y las manos limpias, y toda yo desprendo olor a recién bañada. Aunque no me bañe, pero eso tampoco es culpa mía.

Vale que solo me llevo lo que puedo, ya me gustaría a mí comprar marisco, incluso una lubina, pero luego lo pienso y me digo que para qué, si no voy a poder cocinar. Y no es que no sepa, que yo una vez estuve trabajando en un restaurante y me hacía 20 tortillas de patata al día. Pero es que de verdad que no puedo. Todo por culpa del lugar donde habito. Del lugar y del dinero que no tengo.

Vale que un día encontré el mejor espacio para vivir y me instalé con todas las comodidades a mi alcance, que no eran muchas. Y vale que procuro tenerlo todo recogido y listo para una revisión rutinaria. Pero lo que no puedo controlar es que a veces mis cartones se mojen cuando pasan los del riego a primera hora. Entonces tengo que dejarlos junto al contenedor de reciclaje y buscar otros secos, y los vecinos se enfadan porque les afeo el panorama que contemplan desde sus balcones. 

Vale que vivo en la calle, pero no soy un desperdicio, soy un ser humano que ha tenido mala suerte. Menos hoy, porque estoy segura de que me van a dar mucha fruta en el mercado. Vale que es la que tiene alguna parte dañada y no pueden venderla, pero a mí me sabe igual de rica. 

¿Vale que me merezco un poco de comida fresca? Yo creo que sí la merezco. Incluso un poco de dignidad, ya puestos.


Texto y foto: Yolanda García Serrano


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