Cada vez que salía de casa, elegía el camino recto. Para ir a casa de mi abuela, o al lavadero, o a la escuela, o a por leche recién ordeñada llevando en la mano la lechera de hojalata, con su bamboleo metálico. Porque mi mamá me decía que salirse del camino recto era pecado.
Y si una peca, pues no va al cielo. Y a mí me daba mucho miedo quemarme para toda la eternidad, sobre todo desde el día en que toqué la tapadera de la olla que estaba sobre el fuego. Todavía guardo la piel arrugada en la palma de la mano como recuerdo. Así que elegía siempre el camino más recto de todos los caminos. Y así me arañaba las piernas en las zarzas y me mojaba los zapatos y los calcetines con la hierba húmeda cruzando campo a través. Y me arriesgaba a volver a casa plagada de garrapatas, cuya picadura podía ser casi tan mala como el infierno.
La verdad es que no entendía bien aquello del camino recto. El camino recto y estrecho, del que hablaba el cura en sus sermones. Todo se parecía demasiado al cuento de Caperucita. Las niñas buenas no se salen del sendero, las niñas buenas no hablan con desconocidos, las niñas buenas bajan los ojos y contestan bajito, solo cuando se les pregunta.
Le conté que Lina siempre tomaba el camino principal, el fácil, el ancho…
No me quedaba claro si yo era una niña buena, lo bastante buena. Y si mi amiga Lina, que siempre desobedecía y sin duda tomaba el camino menos recto, era por tanto una niña mala y el día que muriera iría derecha al fuego eterno. Se lo pregunté a mi mamá. Le conté que Lina siempre tomaba el camino principal, el fácil, el ancho, y lo trotaba con saltos y con bailes, y que si se iba a ir por tanto con el demonio. Mi mamá me explicó que a veces el cura hablaba con parábolas, que decía una cosa para querer decir otra. Y que no tenía que tomarme lo del camino recto de forma literal. Pero que Lina, mi amiga Lina, la que le echaba la lengua al cruzarse con ella, la que se levantaba la falda y le enseñaba el culo, la que se escapaba del colegio y volvía a casa sucia y despeinada, sí, seguro, se iría derecha al infierno.
Y con eso se dio media vuelta y me dejó en la cama, a oscuras, bajo la manta de lana que picaba como mil arañas mordiéndome la piel. Pensando en cómo salvar a Lina, en cómo arrastrarla de vuelta al camino recto, más confundida ahora que sabía que el camino no era un camino, y que mis pisadas resbaladizas en el barro habían sido en balde. Me daba miedo que se muriera y se la llevara el diablo. Cada vez que la veía, riendo, cantando, llamándome desde el jardín para jugar, la veía ya siendo devorada por las llamas eternas. Su alma chillando y arrugándose como el papel en la hoguera.
Cuando se puso enferma recé y recé, todo el día y toda la noche, pidiendo a Jesús que la salvara. Al tercer día empeoró. Parece que Lina se va a morir, me dijo mi abuela. Así que de nuevo recé y recé. Recé y recé más, esta vez al diablo que ya la estaba esperando, para que fuese bueno con ella y no la quemase demasiado.
Texto: Pilar Pérez
Imagen: Joan Miro Siurana
Escucha El camino recto en la voz de Pilar