No mires el reloj

Una, dos, tres… Tres campanadas en la torre de la iglesia. El resto es silencio. Bueno, no. El resto es el tic tac del reloj del horno de la cocina. No es un tic tac pausado, no es un tic tac al que asirse como al balanceo agradable de la hamaca, un tic tac que la acune a una en dirección al sueño. Este es un tic tac acelerado, un tic tac a velocidad x 2. Nace en la cocina, detrás de los números luminosos del horno, un sonido mecánico y agudo, con un ligerísimo eco: tic-tac… tic-tac… tic-tac. Recorre el pasillo con sus pasitos cortos de geisha, dobla la esquina, se agacha y se cuela bajo la puerta del dormitorio, navega la alfombra mullida, trepa por la colcha, se sube a mi cama, a mi almohada y allí se asoma a mi oído y grita: ¡tic-tac! 

Intento concentrarme en otra cosa siguiendo la técnica Cognitive Shuffle. Pronuncio palabras disociadas, palabras al azar, que no sigan un hilo de pensamiento: Reloj, Argentina, playa, murciélago, zapato, relámpago, cuchara. Esto va a funcionar, siempre funciona, me digo. Estéreo, alunizaje, manzana, edredón, tetera, nube. Va llegando el sueño, siento que empiezo a hundirme. Ernesto, Edipo, esperanza, espera, escucha. 

Una, dos, tres, cuatro… Cuatro campanadas en la torre y siento que he perdido mi oportunidad. Ahora estoy más despierta que antes. No debí pensar en Ernesto. 

Me envuelvo con la manta, doy vueltas, a la derecha, a la izquierda. Boca arriba, boca abajo. No, boca abajo no. Se supone que no es una buena postura, algo sobre la tensión en el cuello, sobre la torsión de la columna. De todos modos, así no puedo respirar. Recoloco la almohada, vuelvo a moverme, boca arriba de nuevo. Miro al techo. No, mejor cierro los ojos. Para dormir hay que cerrar los ojos. Empecemos por ahí.

Pienso en que en dos meses es Navidad. ¿Qué haré con el dinero cuando gane la lotería? Compraré una casa en la playa para mis padres, pintada de blanco, con dos plantas, un garaje y un jardín. Y una piscina para cuando el mar esté revuelto. Un Tesla para mi hermano, que está a punto de sacarse el carné de conducir y no me fío de él, mejor un coche que conduzca por sí solo. Un viaje para mi hermana, quince días en Hawái haciendo surf. Ernesto me había prometido llevarme a Hawái, pero como todas las demás promesas, esta también la ha roto. No, no puedo pensar en Ernesto. Se lo he prometido a la psicóloga, solo me permito pensar en él media hora al día, de ocho a ocho y media. El resto es tiempo libre. 

Creo que me he quedado dormida un rato. Acabo de escuchar una campanada, no sé si son las cuatro o las cinco y media. La psicóloga me ha dicho que no mire el reloj para no estresarme así que yo, obediente, no lo miro. En mi sueño estaba tan enfadada… le gritaba a Ernesto. Todavía siento la rabia en el estómago y en la mandíbula. Era de noche, nos habíamos ido a una fiesta, había gente por todas partes, música, bebida… Yo llevaba mi vestido azul. Entonces Ernesto se pone a tontear con una morena, una chica pechugona con una blusa escotada, y me ignora por completo. No me mira, no me escucha. Yo grito y grito, pero él no me oye. Nadie me oye por encima de la música, por encima de sus conversaciones. Quiero gritar más alto, abro la boca, pero no me sale la voz. Mi garganta está seca como la arena de la playa. Entonces Ernesto se gira y me mira. Es una mirada cargada de desprecio. Ahí me he despertado. Creo que sonaba Freed From Desire, porque ahora suena en mi cabeza. 

Decido levantarme a por un vaso de leche caliente. Intento no mirar el reloj del horno, pero ahora que me acerco a él, a su tic-tac, me es imposible. Marca las 5:47. Intento no pensar que se acerca la mañana. Cojo una taza, la blanca con corazones no, mejor la verde. La lleno de leche, la pongo un minuto en el microondas. Su ruido parece llenar toda la casa, su pitido final es atronador. Le pongo miel, como hacía mi madre cuando yo era pequeña. Me traía la taza a la cama, bien caliente. Me arropaba con las mantas y me daba un beso. Yo la bebía despacito y me quedaba dormida enseguida. 

No debería hacerlo, lo sé. Pero cojo el móvil. No miro la hora. Abro Instagram y busco el perfil de Ernesto. Repaso sus publicaciones. Hace una semana que no lo abro, estoy orgullosa. Antes lo hacía todas las noches, estoy mejorando. Hay posts nuevos: una foto suya delante de su nueva moto. Cuando se fue, me dijo que yo le cortaba las alas, que él quería volar; alto, muy alto. Eso me dijo, cuando yo le había dado toda la libertad del mundo. Veo que pretende hacerlo sobre dos ruedas. Otra foto en la playa, sin camiseta y sin afeitar, con unas gafas de sol azules de espejo. La barba te empieza a clarear, Ernesto, ya no somos niños. Esto me recuerda que tengo que pedir cita en la peluquería. Una nueva foto me sobresalta, siento que las manos se empapan de sudor. Está con una chica morena, como la de mi sueño. Es un selfie, la tomó él, reconozco su estilo. Siempre su perfil derecho, siempre su media sonrisa para enseñar el hoyuelo. Están en la playa, al atardecer. Están muy muy cerca, seguramente la está agarrando de la cintura. A ella no la conozco. Lleva unas gafas de sol enormes, obviamente caras. ¿Quién se cree, una diva? Tiene los labios pintados, gruesos, seguro que son operados, y se ve muy joven. ¿En serio, Ernesto? 

No me esperaba esto de ti. O tal vez sí, tal vez esto es justo lo que me esperaba. No hace ni tres meses que dejaste tus llaves en el cajón de la entrada y dijiste adiós. Tenías que encontrarte a ti mismo, necesitabas tiempo. En realidad, tenías que encontrar a una chica nueva, más guapa y más joven. Me echaría a reír si no me dieran ganas de llorar. Si no estuviera tan cansada, si no tuviera que levantarme dentro de media hora, si no tuviera que ir a la oficina bien vestida y bien peinada, si no tuviera que sonreír a todo el mundo, si no tuviera que pretender que todo está bien, si no tuviera que teñirme las canas, si no tuviera que ir a comer con mis padres sin ti los domingos, si no tuviera que llenar el hueco que dejaste en los armarios, en la repisa del baño, en las alacenas de la cocina, en la almohada. Me echaría a reír a carcajadas, pero en lugar de eso apago el despertador que empieza a sonar, me levanto, subo la persiana, abro la ventana, voy al baño, me quito el pijama, me miro en el espejo. Si no tuviera.


Texto: Pilar Pérez

Imagen: Ilustración. La pesadilla de Fuseli.


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