Cuento de Navidad

Me dijo que no me asustara. Que solo me traía un regalo. Y así, sin más, deslizó el saco de su hombro, lo abrió y sacó un paquete envuelto con un enorme lazo verde brillante. Sonreía detrás de la barba falsa, que le colgaba en la cara y le llegaba hasta la mitad del pecho. 

¿Se puede saber cómo has entrado? Fue mi pregunta-grito, comprensible teniendo en cuenta que eran las dos de la mañana, me había levantado de la cama al oír un ruido, y me había encontrado a un Papá Noel gordinflón en el comedor, al lado de la chimenea. Con un traje rojo tan sucio y arrugado que parecía que lo habían arrastrado por la calle. Y en lugar de botas, unas zapatillas de andar por casa. El Papá Noel miró la chimenea sonriendo y volvió sus ojos a mí. Pues por la puerta… Su voz sonaba avergonzada y su mano todavía me ofrecía el paquete. El papel de envolver era un paisaje de renos y elfos en la nieve. Me recordó a un chocolate caliente. Escucha, dije intentando mantener la calma, pensando en lo oscura que estaba la sala, iluminada solo por la luz que se colaba por la ventana de la calle. Tienes que irte ahora mismo. No puedes entrar sin permiso en las casas de la gente. Si no te vas de inmediato voy a llamar a la policía. Dio un paso atrás, como insultado. No, no, claro que no, solo he venido a traerte tu regalo de Navidad. Miré de nuevo el paquete. El lazo verde resplandecía, liso y reluciente como recién planchado. Se lo arranqué de la mano. Vale, muchas gracias. Ahora, por favor, devuélveme la llave y sal de mi casa. Rebuscó en el fondo de su bolsillo, rescató la llave y me la dio. ¿No vas a abrirlo? Sus ojos brillaban, como los de un niño. Suspiré, lo agarré del brazo y lo empujé por el pasillo hasta la salida. No seas tonto, no puedo abrirlo ahora, lo abriré el día de Navidad. ¡Es verdad! respondió ya desde la calle mientras yo cerraba el pestillo. ¡Feliz Navidad! Fue lo último que oí a través de la puerta. 

Tienes que irte ahora mismo. No puedes entrar sin permiso en las casas de la gente.

Volví al dormitorio. Todavía llevaba el paquete en la mano. Lo apoyé en la mesita de noche y me acosté, observándolo desde la almohada, el relieve del lazo en la penumbra, como las orejas de un conejo escondido. ¿He oído la puerta? Preguntó Carlos con la voz sumergida en el sueño. Solía quedarse a dormir los fines de semana. Sí, era Borja, el hijo de la señora Lucrecia, el que está obsesionado con la Navidad. ¿Te acuerdas de que les dejé la copia de la llave por si un día tenía una emergencia? Pues me lo he encontrado en el salón vestido de Papá Noel, me traía un regalo. Acabo de echarlo a la calle y mañana tendré una conversación seria con su madre. Carlos encendió la lamparita y se incorporó. ¿Un regalo? me miró, luego el paquete, el envoltorio con los renos, el lazo verde reluciente de purpurina. Se quedó callado un momento, luego volvió a hablar. ¿No vas a abrirlo? Me arropé con la colcha, acercándome a él. Claro que no, lo abriré el día de Navidad. Miró de nuevo el paquete. Vale, apagó la luz y volvió a acostarse, apretándose contra mí. Pero sabes que estamos en agosto, ¿verdad?


Texto: Pilar Pérez

Imagen: de la web


Escucha Cuento de Navidad en la voz de Pilar

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Una respuesta

  1. Pilar tus textos son dinámicos, ágiles, precisos y explosivos al terminar de leerlos.

    Son como un paquete de sorpresas!

    Gracias por esta lectura deliciosa.

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