Llevaba el cabello teñido de rubio para encajar con precisión en el piso de alquiler. La había contratado El Turco por recomendación de su prima quien ya se había instalado en la ciudad de la costa Blanca. Marisa había salido engañada de Colombia, como muchas otras jóvenes. La necesidad era el impulso que la había colocado en otro continente; también era la palabra incómoda, esa que abarca mucho de lo que no tenemos. Para cada una de ellas, era todo lo que habían deseado antes de quedar atrapadas.
—Estás guapa de morena, pero en mi negocio todas van de rubias —eso le había dicho El Turco, quien jamás había puesto un pie en Estambul ni en otra ciudad de oriente. Era ágil para el engaño, pues al contrario de lo que se esperaba, pagaba muy bien a todas sus empleadas. La parte oscura del trato era la vigilancia. El Turco tenía ojos por todo Alicante y no permitía que las chicas abandonaran su trabajo.
—El mejor negocio de tu vida —murmuró al oído a Marisa, esperando a que la chica firmara el trato.
—La plata es el callejón de todos los males —dijo a rajatabla, —pero el que trabaja arduo para ganarla, se salva. Marisa se mordió los labios al decirlo. En el fondo sabía que lo único que podía salvar era su dignidad. Ya no creía en el futuro, se aferraba a su pasado y al menester de reunir dinero para poder regresar a Colombia.
La parte oscura del trato era la vigilancia.
Los recuerdos de su hijo la asfixiaban. A los quince años dio a luz a un bebé pequeñito y de color azul. Debilucho e inocente como ella. Estaba visto que no tenía edad ni capacidad para poder cuidarlo, así que Yaya, como le llamaba a su abuela, había decidido entregarlo a las monjas Clarisas para que ellas se encargaran de encontrarle una familia. Este era su secreto, su dolor y el verdadero motivo para dejar que personas del calibre de El Turco la manipularan de esa forma.
Era temprano, el sol aún no había salido por completo. El aire todavía estaba fresco y agradable. La pareja llegó diez minutos después de la hora acordada.
Cuando Marisa abrió la puerta supo que los que habían llegado, no tenían idea de por qué estaban allí. La mujer la miró con ojos de susto. Por su rostro resbalaba el sudor causado por los nervios, y no por el clima.
—Tomen asiento por favor. Si necesitan usar el aseo, este está al fondo a la izquierda. Como son dos, mi compañera no tardará en llegar para que el masaje sea a cuatro manos —dijo Marisa tratando de sonar competente y profesional.
—Disculpe que la interrumpa, pero nosotros venimos por un masaje terapéutico. Mi marido tiene mucho dolor en la espalda. ¿Qué tipo de masaje es el que ustedes ofrecen? —la voz de la mujer revelaba su escepticismo.
Sucedía de vez en cuando. El anuncio en las redes sociales con tintes exóticos prometía un lugar de relajamiento con un menú tipo “spa” y masajes a cuatro manos para parejas. Lo que se escondía detrás estaba prohibido anunciar.
—El masaje que ofrezco yo no solo alivia el dolor de espalda —atinó a decir Marisa, —en ocasiones alivia parte del dolor que escondemos dentro.
La pareja recogió sus cosas y salió de forma apresurada por la puerta por la que habían entrado unos minutos antes.
—Parece tan sencillo salir por esa puerta —susurró Marisa para sí. El candado invisible era sumamente difícil de abrir.
Recogió las toallas limpias, bebió un vaso de agua y se acostó sobre la cama de masaje. Tenía una hora ganada para descansar hasta que llegara el siguiente cliente. Cerró los ojos y visualizó al pequeño niño de ojos negros y cabello rizado. Le sonreía en su imaginario. Caminaban mano a mano.
Así hubiera crecido su hijo.
Si no hubiera muerto a la semana de nacido.
Texto y foto: Mayte Calderón Grobet
Escucha El candado invisible en la voz de Mayte