El hombre del saco

¡Paula! La voz de la madre sonaba aguda y chillona. Corría alocada, como un animal asustado. ¿Has visto a Paula? Preguntaba a los niños del barrio, que la miraban con ojos mudos. ¡Paula! Un gallo se le escapó en la primera sílaba, asustando a Óscar, el gato de los vecinos. Sentía una opresión en la garganta, como si unas manos invisibles la estuvieran estrangulando. ¡Paula! Su voz corría y se colaba entre las pequeñas casas de planta baja, rebotaba en las paredes y trepaba a los tejados. 

La encontró detrás del muro del descampado, sola, sentada en la hierba con las piernas cruzadas, sus calcetines blancos húmedos de rocío, chupando las flores amarillas a su alrededor. Son vinagretas, le había dicho Eugenio, verás qué ricas. Las arrancas y masticas el tallo, así. Pica, ¿verdad? Puedes escupirlo luego si quieres. Las flores son más suaves, puedes comértelas enteras. Allí sentada, envuelta en aquel mar verde y amarillo, disfrutaba de su maravilloso descubrimiento. Arrancaba el tallo de un tirón, lo mordisqueaba y chupaba como él le había enseñado, arrugando la nariz y los ojos ante el sabor ácido del vinagre. Luego se reía y lo escupía, para arrancar un nuevo tallo. 

Las flores son más suaves, puedes comértelas enteras. Allí sentada, envuelta en aquel mar verde y amarillo, disfrutaba de su maravilloso descubrimiento.

¿Cómo tengo que decírtelo? La madre zarandeaba a la niña. Se había abalanzado sobre ella, le había girado la cabeza para mirarla a la cara. Tenía los labios manchados de verde, el hueco de la falda llena de cadáveres de flores. ¡No vuelvas a alejarte de mí, de la casa! ¿Cuántas veces te lo tengo que repetir, que no puedes venirte al descampado? Las lágrimas de la madre rodaban por sus mejillas, formando manchurrones negros de rímel. ¡Paula, es muy, muy peligroso, podría llevarte el hombre del saco!

La niña la miró, un pétalo amarillo pegado a su labio inferior. Mamá, no tengas miedo, el hombre del saco no existe. Acarició la mejilla húmeda de la madre con su mano rechoncha, sonriendo. Me lo ha dicho el papá de Luisa. 

La madre abrazó a la niña contra su pecho, sintiendo su calor y el olor áspero del vinagre. La apretó tan fuerte como si quisiera fundirla dentro de sí. ¿Cómo explicarle que Eugenio, el padre de Luisa, era el hombre del saco?


Texto: Pilar Pérez

Ilustración: Ludwig _ Girl in a field 1857


Escucha El hombre del saco en la voz de Pilar

COMPÁRTELO:

Facebook
X
LinkedIn
Email
WhatsApp

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

PUBLICACIONES RELACIONADAS

La última palabra

No mires el reloj

 Ahora cerramos los ojos y flotamos