Gloria de la mañana

Era trece de marzo, lunes, el día que decidí quedarme en la cama. El despertador sonó a las siete cuarenta y cinco, como cada día laborable. Y como cada día laborable lo apagué de un manotazo y aparté el edredón. Y fue ahí, cuando mi pie derecho salió a la intemperie del dormitorio, que volví a esconderlo y a arrebujarme bajo el reconfortante peso de las plumas.

No hallé motivo para abandonar mi envoltorio, ni siquiera cuando mi marido me trajo el café a la cama y me preguntó preocupado si me encontraba bien, porque eran ya las ocho. Me encuentro perfectamente. De hecho, ese es el caso. Tan perfectamente me encuentro en esta posición horizontal, envuelta en nubes de algodón, que no veo razón para moverme. 

Y no me moví. Le pedí a mi marido que se ocupara él de los niños y me trajera el desayuno, mi bol con leche y cereales. Y un segundo café muy largo. Y mi ordenador, claro. Que incluso desde mi dormitorio sigo siendo la responsable de un equipo de doce agentes de atención al cliente que tiene que trabajar around the clock. Así, apoyada contra el cabecero, observando el jardín a través de la ventana, pasé mi primera jornada de trabajo desde la cama. Los pájaros cantaban y se posaban en las ramas más altas de la higuera. Las amapolas se abrían al día y la enredadera aprendía a trepar. La habíamos plantado hacía poco para vestir nuestra fachada y el muro que nos separaba de los vecinos.  

Los primeros días no fueron fáciles. Tuve que entrenar a mi familia. A mi marido a preparar y llevar a los niños al colegio a tiempo, a los niños a escoger su ropa y a poner el despertador. A él a encargarse de las comidas y las cenas. A ellos a poner la mesa y el lavavajillas. Pero si era capaz de manejar a mi equipo de agentes a distancia diseminados por toda Europa, mucho más sencillo debería ser gobernar una familia de cuatro miembros que habitaban bajo el mismo techo. 

Y no me moví. Le pedí a mi marido que se ocupara él de los niños y me trajera el desayuno, mi bol con leche y cereales.

Nunca me he amilanado frente a un desafío, y me enfrenté a este con toda la pasión que pongo en cada uno de ellos, segura de que saldría victoriosa. Después de una semana había puesto en práctica un sistema de compra y entrega a domicilio con el supermercado. Había identificado los pájaros del jardín, los mirlos, las urracas, los carboneros. A las dos semanas el menú semanal estaba pegado en la puerta de la nevera. Las amapolas habían florecido y llenado el jardín de explosiones rojas y la enredadera extendía sus zarcillos palpando la verja. La tercera semana los niños iban y venían solos del colegio y de sus actividades: el rugby, el piano, la clase de teatro. Las amapolas habían dado paso a las flores del rododendro y la enredadera había cubierto por completo la valla, sus largos tentáculos expandiéndose ahora por la fachada del dormitorio. La cuarta semana pensé que no volvería a tener motivos para salir de la cama. Si antes trabajaba desde mi pequeño despacho del piso de arriba, ahora lo tenía totalmente abandonado. Mi cuerpo me pesaba y al mismo tiempo gozaba de la ligereza de mi nuevo estilo de teletrabajo. 

Mi marido se resistió al principio, pero luego aceptó el nuevo statu quo como una fase temporal, convencido de que la terapia me ayudaría. La había empezado después del ataque de pánico en el supermercado. Pero ahora me sentía feliz, mi familia funcionaba como un mecanismo, cada pieza encajaba perfectamente. Dejé de oír los mamá, dónde están las zapatillas de rugby, mamá, puedes llevarme al cole que llego tarde, mamá, me ayudas con las ecuaciones de segundo grado. Mis técnicas de team manager estaban dando fruto en mi propio equipo familiar. Era hermosa aquella calma. En mayo la enredadera había superado la valla y se asomaba al jardín vecino, mientras algunos de sus zarcillos amenazaban con adentrarse por la ventana del dormitorio. Sentí la paz completa. Sentada en la cama con la espalda apoyada contra el cabecero, el ordenador en la bandeja junto a mi café. Pensé que sería estupendo no tener que volver a levantarme, exceptuando por supuesto las incursiones a la cocina o el baño. Trabajar, leer, dormir, observar la vida a través de la ventana. Solo aquel cosquilleo me molestaba, una especie de hormigueo constante en la piel, debido, probablemente, a la falta de movimiento.

Llegó junio y las vacaciones. Mi marido y los niños insistieron en que me fuera con ellos a la casa familiar como cada verano. Allí, en el jardín y la piscina podríamos pasar más tiempo juntos. Yo trabajaría desde allí, no me molestarían. Incluso mi terapeuta me animó. Me negué. Me sentía incapaz de abandonar todavía mi refugio horizontal, pero accedí a unirme a ellos unos días más tarde. Aquella primera semana sola me zambullí más en el trabajo. Tenía reuniones continuas, me alimentaba de café y galletas de avena. Llenaba la cama de migas que luego sacudía por la ventana, alimentando a las aves, que me lo agradecían con su canto. El cosquilleo se había intensificado, era como si un ejército de hormigas hubiera decidido desfilar bajo la piel de mi espalda, mis brazos y piernas. Me rascaba, me ponía crema. En la enredadera brotaban pequeños capullos redondos y apretados como manitas de bebés. 

Los niños llamaban cada tarde y me contaban su día. Se los veía risueños y despeinados, morenos, excitados por las aventuras del pueblo. Mi marido me decía que me echaba de menos, que no podía esperar a verme. Le prometí a regañadientes unirme la semana siguiente. Pero cada vez que llamaban, las hormigas bajo mi piel se excitaban y apuraban su desfile, el picor se acentuaba. Cuando me levantaba al baño o a la cocina, las sábanas parecían no querer separarse de mi piel y tenía que tirar de ellas para liberarme. 

El día antes de mi partida las flores se abrieron. Los brotes se desenroscaron girando sobre sí mismos, desperezándose, formando trompetas de color morado e interior blanco y brillante. La valla se cubrió de penetrantes ojos violeta. Uno de los tallos se aferraba al marco de mi ventana y un capullo se asomaba por ella, girado hacia adentro. 

Sonó el despertador. Era la hora de prepararme para ir a la estación. Levanté el edredón e intenté levantarme, pero de nuevo la sábana parecía pegada a mi piel, que ardía como en llamas. Liberé con esfuerzo un brazo tirando de la tela, sintiendo la mirada intensa del nuevo capullo sobre mí. Mi cuerpo sufría algún tipo de sarpullido, estaba cubierta de pequeños bultos rosados. Pasé las yemas de mis dedos sobre estos, sorprendida por el tacto. Raspaba como pequeños aguijones, aunque flexibles y suaves. El cosquilleo era ahora insoportable, las hormigas pugnaban por salir a través de mis poros. Me rasqué una pierna, el antebrazo. La piel se enrojeció y se avivó, era placentero y doloroso, los aguijones ahora más afilados y punzantes. Me puse las gafas y observé más de cerca. El sarpullido estaba formado por pequeños ganchos que se adherían a la tela de la sábana. Los toqué con cuidado, entre asustada y fascinada. Se movieron delicadamente, estirándose y encogiéndose, como cuernos de caracol. Miré de nuevo hacia la ventana. La nueva flor estaba ahora en el marco. La enredadera había estirado su rama y se adhería al interior de la madera agarrada por un filamento. Aquella trompeta morada me apuntaba con su cáliz. Sentí una pulsación intensa en el hombro. Me ajusté las gafas. Un bulto palpitante, azulado, sobresalía en la piel, parecía prendido por un minúsculo tallo. Si me fijaba bien, podía distinguir una forma de botón, un pequeño capullo de pétalos rizados. 


Texto: Pilar Pérez

Foto: North, Marianne; Morning Glory, Natal; Royal Botanic Gardens, Kew; http://www.artuk.org/artworks/morning-glory-natal-88110


Escucha Gloria de la mañana en la voz de Pilar

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