Islas de tierra firme.
Islas diferentes y exquisitos saberes de hierbas y mucho más,
hierbas y más hierbas espirituales de corazón partido.
Es un corpus de cantos rituales, donde se femenina
el cántico: «Aysen».
Su gente poetiza la naturaleza.
Inyectando rayos lunares cayendo, cristalizados,
en la espesa selva virgen del anochecer
La laguna acurruca la cuna de los sueños.
Ellas lo decían, cada hierba huele a historia, nuestra historia
alta y profunda doctrina.
Esta hermosa naturaleza abraza la región.
Acobija en sus brazos la naturaleza como un niño,
Ellos van con mamá en su espalda o pecho.
Es solo amor de madre y protección,
es una luz que posa en el silencio de la noche
y el encuentro con el amanecer.
El canto o susurro de la mujer resignada.
Su única riqueza es el amor a su tierra y los suyos.
Ellas, fuertes y creyentes, protectoras de la tierra virgen, tierra madre.
Como baluarte de las condiciones humanas,
Adelantándose y desvelando sus rostros por sus convicciones
de la conservación en sus creencias:
«de relación hombre-naturaleza,
hombre-sociedad y hombre-fuerzas espirituales,
de modo integral y humano».
El derecho libertario de la tierra donde viven.
Ella tiene un rol preponderante:
Su dimensión mujer-naturaleza.
Inmovilizadas y pacientes.
Como las hojas que hablan y cuentan historia.
Conforme con sus hojas y musgos en sus bosques.
Trabajadoras de cuerpo y alma, décadas de vida.
Calmadas y confiadas en la tarde cuando la tierra descansa
Complacidas miran el contenido del abecedario, sus hierbas,
su cultivo, y el mensaje de la naturaleza medicinal.
Un proceso que es despreciado para el no lo sabe y lo que pierde.
Son ellas, las novias de la tierra
que cada mañana con sus voces cantan y toman una planta medicinal.
Sabedoras de sus ancestros,
gente de sabiduría y costumbres.
Poemas de voces féminas
de paladar de tradiciones isleñas,
de colores cálidos, colores suaves,
un arcoíris que tonifican el corazón.
Envuelta en legendas, tradiciones ancestrales
y plantas medicinales dadas por el transcurso de su vivir.
Islas del ensueño de los recuerdos.
Que dosifican el espejo de la alegría,
de islas florecientes, islas en crecimiento,
genuino adalid de la naturaleza y pictórico
atesorado por la acotada de bosques reales
Aysén deletrea un secreto.
El Señor Cóndor vive en la Patagonia verde
y desconocida desde arriba.
Observa y vuela por los rincones
más absorbentes donde vive el hombre.
En bosques de ensueño, de montañas
desconocidas como ríos turquesas
y un lago más azul que el firmamento.
Y en ese lugar llega la luz
con la transparencia de un mármol,
seca, la estepa del este de Aysén.
Llega a mi mente islas virtuales
de gente del sur con sus aves, animales y hierbas.
¿«Un vergel perdido»?
El mar envuelve la tierra.
Ella se enamora del borde de la tierra envuelta
en sueños bordando a las novias de la tierra.
Es el estallido blindado del mar a las novias del bosque,
y voces en medio de ecos, se enarbolan en el sendero.
Ellas, graciosas cunden sus manos en las hierbas,
sus raíces silvestres con caricias
y amoríos locos con el rocío silencioso.
Recolectoras vienen y van llenas de alegría, tras del polvo de la travesía,
¡oh, qué frescura de hierbas!
Con el amor sublime que impulsan sus sueños,
lejos de sorprendernos, arriba cantan los pájaros
y abajo en la orilla del mar cantan las olas.
En lo alto y debajo se juntan ideas de innovaciones.
Hojas, cortezas, flores, raíces y agua
en medio de emociones de oro y luz.
Tú, eres la raíz o la corteza o flor ideal.
Nosotras, somos las recolectoras de mano fiel y pura.
Somos el tronco de virtudes de esta tierra;
acunando la sombra y la luz,
para que la flor o la hierba en vida
dé su fruto de bondad.
Se repiten en sus labores hasta dar en la tierra,
un grito nuevo como un tajo en la hierba.
El bosque se viste de floreada con su talle alegoría primaveral
alegrándose, del verdor.
Preguntándose entre ellas:
dónde están las flores bienaventuradas
de aquel nacimiento de color y aroma.
Allá van las novias de la tierra.
Aquí van las novias de la tierra
mirando el rostro de los árboles
y en su medio fueron los pájaros de día,
sus vivos amantes.
y fueron los búhos sus amantes nocturnos.
Así es como en los bosques
van buscando flores y hierbas.
Sus dedos rasguñan coraje de los cortes,
de mujeres-recolectoras,
se levantan en el alba, pilares como tronco triunfal.
Son el grito del bosque y las aguas,
amando el paisaje rudo y hermoso.
De mañanita el aire les sorprende de alegría o de llanto,
las raíces silvestres se sueltan de sus riendas.
Rituales saludan la vida cotidiana,
y sus voces se escuchan como eco al igual que los pájaros.
Ellas, escuchan la melodía manantial,
ellas entrañan la existencia y dotan de energía sus venas.
De ahí la voz de ahora, puro lenguaje de hierbas,
se extienden por la tierra como la regalo la tierra.
Es tan el trabajo de la hierba, un espacio cándido verde:
con afán de tocarte y aguardando tranquila, paciente,
Tu, recolectora brillas como sol de primavera
y de ti, el rito primaveral y la tormenta invernal.
Sois como un libro, y que dice algo de ti
conservando las costumbres de los ancestros con virtud.
Sois inspiración, heroicas en un cuadro al atardecer.
Sois la fibra que llena vuestro vivir.
Sois como la palma cruzada de unión y amistad,
flores o hierbas que en el bosque se bordan con ingenuidad.
Ingenieras, emanan sed de estabilidad.
Cobijan un ahora y esperanza.
Abrigan un futuro de esperanza.
Con una sonrisa, un oido, un tiempo de oro.
¿Qué hemos hecho para ganar tanta gracia?
Mientras otros nos admiran o quizás nos celan de tanta virtud.
Nosotras, recolectoras nos complacemos de dar amor.
Texto: Ruth Iturriaga de Segall
Foto: Pinterest