Por Ruth Iturriaga de Segall
Islas de tierra firmes, islas recolectoras,
junto al paladar de tradiciones isleñas,
de colores cálidos y cantarines,
con un arcoíris que tonifica el corazón.
Islas de viveza de gamas brillantes del sur
hechizadas en leyendas, tradiciones ancestrales
y plantas medicinales dadas por el
transcurso de su vivir.
Islas del ensueño de los recuerdos.
Que dosifican el espejo de la alegría.
Islas florecientes y encandiladas,
genuino adalid de la naturaleza y pictórico
atesorado por el acotado bosque soberano.
He aquí, Aysén deletrea su secreto.
Nos revela un sur de bosques, ventisqueros
y lagos glaciales.
El viento que bruñe los cielos y domina las estepas.
El Señor Cóndor vive en la Patagonia verde
y desconocida desde arriba.
Observa y vuela por los rincones más absorbentes
donde viven las novias de la tierra,
Un bosque de ensueño, de montañas, ríos turquesas
y un lago más azul que el firmamento.
Con la gente oriunda del lugar,
llega la luz con la lucidez de mármol,
seca, la estepa del este de Aysén.
La Patagonia húmeda y de notables colores.
¡Llega a mi mente, islas virtuales de gente del sur:
sus aves, animales y hierbas!
“Un vergel perdido”.
El mar se enamora de la tierra.
Ella se enamora del borde de la tierra cautivando
sueños; las novias de la tierra.
Es el estallido blindado del mar,
las novias del bosque,
son el ecos del saber de sabiduría
y empuñando sus manos.
Ellas, cunden sus manos en las hierbas,
asían sus raíces silvestres con caricias
y amoríos locos
con el rocío silencioso.
Recolectoras vienen y van llenas de alegría,
tras del polvo de la travesía,
¡oh, qué frescura de hierbas!
Hojas, cortezas, flores, raíces y agua
en medio de emociones de oro y luz.
Tú, eres la raíz o la corteza o flor ideal.
Nosotras, somos las recolectoras de mano fiel y pura.
Somos el tronco de virtudes de esta tierra.
Preguntándose entre ellas:
¿Dónde están las flores bienaventuradas de
aquel nacimiento de color y aroma?
Allá van las novias de la tierra.
Aquí van las novias de la tierra,
floreciendo el rostro con el canto de la tarde,
fueron los pájaros de día, sus vivos amantes.
Y fueron los búhos sus amantes nocturnos.
Así es como en los bosques van buscando flores
y hierbas.
Sus dedos rasguñan coraje de cortes
del lenguaje de la tierra.
Se juraron hacer un cuadro de sus yerbas;
abstraídas en su dedicación de cuerpo y alma;
mujeres-recolectoras,
se encaminan en el alba, como pilares,
dirigiendo un buen camino por el cauce del deber.
Son el grito del bosque, las aguas,
amando el paisaje rudo y hermoso.
Rituales saludan la vida cotidiana,
y sus voces se escuchan como eco
al igual que los pájaros.
Ellas, enlazan la melodía de los manantiales,
donde simbolizan la existencia
y dotan de energía sus venas.
¡De ahí la voz de ahora,
pura sobre el lenguaje de las plantas
se extiende por la tierra como la regaló la tierra!
Es tan el trabajo de la hierba,
un espacio cándido verde:
con afán de tocarle,
aguardando tranquila, paciente.
Tú, recolectora brillas como sol de primavera,
el rito primaveral y la tormenta invernal.
Sus manos y cuerpos son un alimento de sabiduría
y pasiones.
Cobijan un ahora y esperanza, empezar de nuevo.
Por la pendiente arriba de esperanza.
Con una sonrisa, un oído de tiempo y espacio.
¿Qué hemos hecho para ganar tanta gracia?
Mientras nos admiran o nos celan de tanta virtud.
El mar se enamora de la tierra.
Ella se enamora del borde de la tierra
cautivando sueños;
las novias de la tierra.