Bebo con mis ojos el azul del Adriático, con la necesidad de entender por qué abandonamos Miramar. Sabes, aquí pudimos envejecer juntos, llenarnos de hijos y nietos. Atrapar mariposas de alas naranja, abandonarnos en el tiempo. Te veo en tu despacho escribiendo poemas sobre viajes inexistentes, soñando con tierras lejanas y flores salvajes.
Con solo 16 años quedé atrapada en la marea verde de tus ojos. Eras hermoso, Maximiliano de Habsburgo. Mientras mi padre anunciaba a toda Europa que su hija era la más bella, ya el amor nos había elegido. Esta pasión vino vestida de viento, con una fuerza capaz de transportarnos a otro continente, la misma que arrancó de tajo nuestra esperanza, finalmente para destruir una larga promesa de vida.
Mientras ordeno mi conciencia, te veo desembarcando en el puerto de Veracruz, adonde me llevaste después de mandar construir esta fortaleza a la orilla del Adriático. Aquí mismo suspiro por los pocos días y escasas noches que pasamos juntos en el castillo mexicano que miraba al valle y a los volcanes cubiertos de nieve. El reloj de tus días quedó congelado, sin minuteros que marcaran instantáneas de felicidad o segundos de miedo. Hace muchos años que tu cuerpo rodó por tierra, sin vida. Fusilado injustamente por querer cumplir con tu obligación de ser emperador de México y de América.
Mi piel se desmorona de nostalgia, veo como recorremos los pasos montañosos de Ayutla.
Loca y sin rumbo he quedado. Lo único que me salva son los recuerdos, algunos atascados en los senderos de la memoria. Otros escritos con letras de sangre y lágrimas. Cartas en las que te pido que vuelvas. ¿En dónde estarás? Mi piel se desmorona de nostalgia, veo como recorremos los pasos montañosos de Ayutla. Los últimos kilómetros del viaje hacia la costa. Quisiste venir conmigo, darme un beso de despedida, sin saber que sería el final. El carruaje llevaba escolta, decían que había maleantes rondando la espesa jungla, pero tú conocías todos los caminos: cortos, largos, anchos, angostos. Los vericuetos que componían los alrededores de la Ciudad de México, los que llevaban a Cuernavaca y al mar. Para llegar ahí, había que aventurarse a las alturas del golfo. Aquella tarde el monte en su verdor fue el escenario de un adiós, tapizado con humedad. Anticipaba la lluvia torrencial que nos cubriría esa última velada de nuestra vida.
Abordé el barco hacia Europa con la certeza de que te podría salvar. La claridad de nuestra causa fue el estandarte con el que visité a reyes y clérigos. No alcancé a escuchar los disparos provenientes del Cerro de las Campanas, adonde te llevaron preso. Ahora solo me queda un pedazo de tu corazón y la bala que acabó con tu vida en una caja tallada con la mejor madera de palo de rosa.
Vuelvo a mirar hacia el mar, buscando tus ojos mimetizados con las olas salvajes del ocaso. Recorro todos los pasillos de nuestro castillo, barriendo los suelos con mis faldas descoloridas de tiempo y llanto.
Te sigo esperando Max.
Texto y foto: Mayte Calderón Grobet. Foto tomada en los Jardines Borda, Cuernavaca México
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