Mendicidad

Por Ruth Iturriaga de Segall

En un escaño del ancho parque en flor,
sombra, silencio y otoñal,
cerca de la Fontana Mágica estaba sentada una mujer.
La llamaban «La Miserable».
Miren, esa pordiosera.
Madres y niñas, se agolpaban presurosas,
manifestando la necedad habitual de esa gente.
Insultos que eran puñaladas de desprecio.
¿No te das cuenta de tu miseria?
Vuelve al lugar donde naciste.
¡Vete!

Cada insulto, sumida desgracia,
estaba esa silenciosa mujer,
en su propia piel carcelaria.

¡Como si la mendicidad no fuera, a la postre,
un tema que ocupa tiempo para reflexionar
en la diversidad humana y altibajos de la vida!

Otros la miraban por su hermoso rostro angelical,
ojos verdes, profundos y de mirada dulce.
Unos tenían consideración, otros menos.

Unos se preguntaban
¿Quién es ella?
¿Quién la empujó para ser una vagabunda?

Imágenes insolentes se hallaban en las mentes de esa gente,
perfiles transeúntes, perfiles que pintaban tosquedad
presumiendo lo cruel que puede ser la fauna humana,
todas esas expresiones no mejoraron más que indicaba
la diferencia social humana.

Describiendo con insospechada indolencia de la dignidad del ser,
y en ese vivir segaba su cabeza al sentirse mancillada.
Un mundo mutilado, del ahora, desdén en su horizonte humano.
Quebrada en defensa.
Su temor traslucía daño, lastimándola,
todo valía para denigrarla
eran devotos católicos
y gente del buen vivir.

En este parque florido brillaba
la belleza de la humildad de la limosnera
vestida de andrajos.

Si contemplaras la beldad de una limosnera,
sus harapos mostraban la desnudez de leyendas.
Si escucharas la Fontana Mágica de aquel parque
nocturno en silencio, dormía la bella limosnera.

Un inenarrable ensueño la vestía de gala
con la luz de la mañana, de sus ojos verdes, quieta,
con la claridad de la fontana fresca,
rocío que mojaba sus mejillas de la aurora,
sollozaba en silencio,
los sonetos de la fontana le daban fuerza y goce espiritual.
La musicalidad llegaba a su corazón roto
después de un largo camino de un horizonte endurecido.

Una belleza en ese lugar florido,
belleza herida que con vuestra presencia
pide ayuda.
Sonrisas de pura impureza
ocultando dientes de tal miseria,
para humillar y degradar abiertamente.

Sentía pavor al escuchar a sus atacantes.
Sus dientes de porcelana crujían sin fin.
Siempre amable y sonriente
simbolizaba paz y personalidad.

Tenía hambre y frío.
Era joven, rogaba pan y agua
nadie la oía.
Solo la Fontana Mágica la escuchaba.
Aquí tienes agua y es pura.
¡Toma!
Saciando un pan viejo.
Su belleza de matices de ensueños olvidados,
cuyo harapo de lanas viejas y sedas por sus agujeros,
de medias rotas y viejas y sandalias de neumáticos gastados.

A pesar de su mendicidad cernía una silueta
con elegancia mientras caminaba por el parque.
Ellos sentían la lujuria de verla,
aquella mendiga que les arrebata el corazón y la fantasía sensual.
Pobre y famélica, siempre mirada por los atrevidos,
sus piernas, que relucen todavía;
su fresa, con besos carmesí
y guardarías silenciosamente, bajo tus leyes.
Mendigando deshechos yacentes

Ilusiones de un ayer perdido
con su saco mutilado de tiempos mozos
tapando su cabeza con un chal de flores secas.
Encubriendo su cara pensando en un final feliz

Soñaba con un plato de sopa,
como lo hacía su mamá,
dormir en el aposento principal,
la cama de su juventud.

Desde lejos un pintor
se desvelaba por alzar sus pinceles de injusticia,
su paleta giraba en torno a esa mujer
la llamada miserable.

Para él no era una pordiosera,
mujer de bella y sensible, con deseos de vivir,
de hermosos ojos verdes, mirada profunda y dulce.
De una sonrisa cautivadora.

Para él, la perfecta Musa.
Él soñaba despierto.
Su pincel volaba al cielo
con colores de infierno.
Había más gente de lo habitual.

Era otoño, los guardias del parque,
donde habita el olvido humano
en el vasto jardín otoñal sin aurora
ella sola era un cuerpo de piedra
sentada, sobre vientos de insomnios
Su nombre no dice nada,
su cuerpo que desliza siglos de anhelos,
no existe los deseos en ese parque de la vida,
en el que el amor, ni el serafín, ya no sonríe
en su mente hay un mundo confuso y de dolor,
su pecho, un corazón sonriendo complacido de garbo
aumenta su tormento terrenal humano.
Ser llamada «Miserable»
Se sentía oprimida a una vida sin vida
sin rumbo ni clemencia.
No hay nada que pedir.
No hay nada.
Ni Palabras de recuerdos.
Ni saber que es libertad.

Palpitando y aislando las nieblas,
muy lejos, encaminando la huella del dolor.
Otoño, de hojas secas rozando el suelo.
En sus momentos de nostalgia repetía:
No sé nada,
Nada espero.
Nada deseo.
Palabra NADA, resoluta.

Un parque florido con tierra amarga.
Caminos que no llevan alma.
Caminos y sendas escabrosas,
flores en sombra y desoladas.
Flores en silencio y quimeras del espejo del ayer.

Pinturas de esperanzas que desaparecieron
Ella, la miserable, no tenía ni la luna ni el sol,
de ojos de cristal frío;
cristal de silencio, sombra y soledad.
Desconsolada en un otoño en el parque florido.
En su otoño, fuerza primaria en que se movía y poder dormir.

¡Dejadme dormir, otoño mío!
Abrígame, con tu tapiz dorado para volver a nacer de nuevo.
No sé nada.
Nada espero.
Nada deseo.
Solo quiero dormir.


Texto y foto: Ruth Iturriaga de Segall

Foto: Manic Quirk


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