Mercería Luis

La señora Angustias observaba su sombra alargándose sobre el jardín. Cambiaba el peso de su cuerpo de un pie al otro dentro de sus zuecos manchados del barro de la huerta. Con manos agrietadas se estiraba la falda oscura que le llegaba hasta las pantorrillas, dejando al descubierto unos tobillos hinchados y blancuzcos.

De vez en cuando tironeaba del borde de su chaqueta azul marino y se pasaba los dedos por los botones, asegurándose de que no se habían salido de sus ojales. El pañuelo que llevaba en la cabeza se había torcido un poco y dejaba escapar un mechón rebelde de pelo gris que bailaba al viento. Empezaba a sentirse incómoda, allí sola, esperando, tras haber pedido una parada extra para ella, mientras el resto de las mujeres se acercaban hasta la plaza. Miró la acera de enfrente, las casas pequeñas con las ventanas cerradas. Pensó que cada vez quedaba menos gente en el pueblo, solo unas pocas viudas como ella.  

Por fin oyó el motor y sintió que se le calentaba la cara. La furgoneta se acercaba desde su izquierda, dejando atrás el lavadero público. Se detuvo delante de ella, sucia de polvo y barro, las letras del logotipo algo desvaídas: Mercería Luis sobre un carrete de hilo. La puerta del conductor se abrió y se cerró. Un hombre rodeó el vehículo. Llevaba un pantalón de lana beis que le colgaba en el culo y tan desgastado en las rodillas que algunos hilos comenzaban a soltarse, un jersey marrón plagado de bolas y manchas de café y una barba dura y gris que a Angustias le recordó a los erizos que cruzaban su huerto por las noches. 

Llevaba un pantalón de lana beis que le colgaba en el culo…

El hombre descorrió la puerta lateral, que cedió con un quejido. Un olor espeso a tabaco, café y sudor se abrió paso a través de la abertura, en una explosión de formas y colores. Cajas de diversos tamaños se apilaban en el suelo del vehículo en un equilibrio tambaleante. En las paredes, tiras de botones grandes y pequeños la observaban con sus ojos permanentemente abiertos. Hilos, cremalleras y lazos tornasolados se desmayaban en aquel espacio secreto y húmedo. Una cinta verde y otra azul corrían abrazadas por el suelo amenazando con huir a través de la puerta. El hombre tomó un rollo de elástico blanco y dos paquetes de medias de nailon color carne. 

—Aquí tiene, Angustias. 

—¿Y lo otro? 

Él se volvió hacia la furgoneta. Metió medio cuerpo dentro y sacó dos cajas. Una plana y alargada, de color perla, y otra cuadrada a juego. 

—Aquí está, a ver qué le parece. Lo mejorcito de la gama. Primera calidad. 

Angustias las tomó y se alejó un paso, dándole la espalda al hombre. Despacio, con manos inseguras, levantó la tapa alargada. Un papel blanco de seda ocultaba el contenido. Lo separó con los dedos. Bajo este, un sujetador de encaje rojo, curvilíneo, se exhibía descaradamente en aquel interior inmaculado. Lo rozó suavemente con las yemas de los dedos. Era suave como la piel de un gato, olía a limpio, a piel fresca y a las fresas en verano. Volvió a colocar el envoltorio y cerró con cuidado, como si temiera despertar algo que dormía dentro. 

Abrió la segunda caja. Con los dedos índice y pulgar pellizcó y alzó la tela. Encarnada y semitransparente, con ondas en los bordes y un pequeño lazo negro en la parte de atrás, la braga completaba el conjunto. Sintió que el tejido le quemaba los dedos y la volvió a esconder en su guarida. 

—Es perfecto, gracias —dijo sin mirar al hombre.  

—Si quiere espero a que se lo pruebe. Lo digo por si no le va. 

—No hace falta, la talla está bien. —Cortó Angustias—. Cogió su pequeña cartera del bolsillo de la chaqueta y le tendió unos billetes doblados. Metió los paquetes en la bolsa de plástico que éste le ofreció a cambio y la apretó bajo el brazo. —Hasta luego. —Se giró para marcharse.

—¡Perdone! —gritó el hombre. Tengo más mercancía similar. Se la puedo traer el mes que viene, si le interesa. 

Angustias se quedó parada. Sin darse la vuelta respondió: 

—De acuerdo. El mes que viene. En rosa. 


Texto: Pilar Pérez

Ilustración: Generada con AI


Escucha Mercería Luis en la voz de Pilar

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