La inocencia llegó en sueños.
Un sueño humano, el portal de la belleza oriunda.
Vuelvo a sentir la misma alegría o quizás la melancolía de antes que tienen colores del arcoíris en el valle o en la ciudad, soñadora, lenta y pasiva como nunca bajo el pintoresco atardecer, el valle tan profundo y natural que mis ojos miraban pureza, recuperando mis imágenes de mi carne infantil como el gotear de la lluvia en los árboles y las hojas rojas del otoño y abandonados nidos en el invierno.
Retornando a la edad de la inocencia, gozando y charlando con el tiempo en lugares prohibidos jugando con los niños detrásde los rieles del tren.
Después seguía el sendero de mi imaginación mirando las manos que apretábamos levantando el vuelo en el aire danzando palomas.
A soñar al libre aéreo, los ojos abiertos a la alegría.
Mi imaginación infantil injertaba, inventado travesuras,
como si hubiera tenido un mundo imaginable.
Un mundo sensible, que lo acariciaba, muy pequeño.
Era una fuente abierta reflejando un pasado también turbulento.
Yo, observaba el momento, antes de llegar a casa
cargada de miedo incierta y tenebrosa.
Ahora viene el sermón de menor a mayor.
Allí estaba la Sargenta Mayor.
¡Escuchad! un torrente de murmullos me llegan a mis oídos.
¡El castigo mayor!
Ducharse con agua fría, sin comida y a la cama.
No te olvides de lavarte los dientes y peinar el cabello.
Llorando por la injusticia hermanal.
Qué pensamientos surgían en mi desolación.
Al mismo tiempo me decía a mí mismo:
¡Sabes, no te quiero!
Lo pase bien, goce con esos niños.
Que vos llamáis la chusma de la sociedad.
Son niños o niñas al igual que yo.
Que arrogancia y que injusticia social.
«Mis cabellos resbalaban, como un agua lenta.»
Mis cabellos; mil cosas de mi vida, alegrías
y tristezas oscuras, del recuerdo.
Y cuando la sargenta le daba las ganas me peinaba a golpes,
por encima de esa oleada de ira y yo (llorando).
¿Por qué misterio, una cabellera peinada?
¿Por la sargenta, el pasado, la conciencia?
¿Por qué hizo eso? ¿Por qué hice eso?
Buscando respuesta, casi olvidada y deformaba.
Que se disolvían y aparecían fluyendo
el fantasma de un cuento humano.
¡Mi odiada sargenta!
Así te ves bien y ahora a dormir.
Yo, inocente caía de nuevo en mis sueños volando hacia el futuro.
Repitiendo el ensayo matinal, el repetido peine mis cabellos.
Larga cabellera, rubia y encrespados,
como un encantamiento que debía seguir indefinidamente.
Mi rostro infantil lo velaba, en el fondo del espejo,
alejándose de mí, sin perfil, pronto rosaba
desde la profundidad, y que ya no era perfil ni cabellera.
Texto y foto: Ruth Iturriaga de Segall
Foto: Canvas