¡Viva don Carnal! ¡Abajo doña Cuaresma!
¡Recuerdo aquellos amaneceres en que se desgranaba el portal primaveral!
Eran las quinceañeras, con sueños dorados caminando por las calles, que se cubría lentamente con un sol, calcando la enredadera del bordado de un cobrizo color.
Las calles polvorientas y silenciosas, de casas dormidas y de vetustas murallas enjalbegaban el suspiro de rosas, los besos soñadores del mimo de aquel momento.
Dos fechas de las quinceañeras, coquetas de sed de ver al adonis de sus sueños. Es más bien un parangón de remembranza de la procesión y el carnaval.
Mi madre decía: ¡VIVA DON CARNAL! ¡ABAJO DOÑA CUARESMA!, era
la lucha de don Carnal contra doña Cuaresma, Semana Santa.
Llegaba septiembre y los estudiantes universitarios encabezaban el festejo
preliminar, escoltado de carros alegóricos y del cortejo de la Reina y el Rey del Carnaval.
Los oyentes haciendo camino, abrieron el cortejo encantado de sus coplas.
Era el humorismo.
La ridiculización del carnaval,
que convocaban a la comunidad,
ingenio y festejo en la memoria
de las chicas en la ciudad.
Oh, oh, oh, vamos a bailar, reír y cantar,
fantasía y enmascaramiento, agrietando
y parodiando el travestido político, con gran pasión
¿Qué placer? un modelo de expresión.
Sintiendo su identidad, su cultura popular,
alcanzado algo formidable como es la risa.
Era dar a la vida solo una ilusión.
Carnaval, carnaval, oh, oh, oh.
Las horas se iban instalando con las risas y se disolvían los rostros.
Disfrazados en densas caravanas de luz. Se dibujaba la alameda, llena de claridad, de horas coronando el brío.
La comunidad siempre festejando el encanto de sueños esbozados de velos de aroma del atardecer.
Retrocedo en el tiempo:
Hoy, de nuevo nos presentamos,
los muchachos (as) del Carnaval primaveral
Cantaremos canciones satíricas del carnaval.
Sinfín de colores de caricaturas de potentados del país.
Engalanando el mejor atuendo de la ciudad.
Avizorando la mente frívola de la belleza,
joven de encanto de una tarde de frenesí.
Ahora cantaban el coro del festival.
Reían porque era el carnaval.
Oh, oh, oh, vamos a bailar, reír y cantar.
Fantasía y enmascaramiento, agrietando
y parodiando el travestido político, con gran pasión
Parodiando los debates políticos con gran pasión.
Se divertían y se saludaban entre sí, con banderolas, expresión estudiantil.
Las carrosas estudiantiles brindando diversión al buen espectador.
Con antelación en la calle para tener un buen sitio como espectador.
El contraste de un día sin comer.
Pero esa necesidad está atendida por el pan de la beneficencia O,
rápidamente en el quiosco para seguir festejando el carnaval.
Disfrazados con caretas o antifaces: “pierrots” y “colombinas” u otra variedad de políticos o personajes de ficción. Todo valía. Era conmovedor y la alegría donde la gente transformaba la localidad genuina por adhesión en mi juventud.
¿Qué recuerdos vuelan desde la despedida
de los actos y placeres vedados de la doña Cuaresma,
mirados por los ojos de la juventud?
Era el carnaval y secuela paradójica de la religión.
Caricatura, social, política, dicha de los presentes,
propicio para chanzas y burlas burlonas.
Los políticos, la elite y la cursi tenían su lenguaje visual.
¡Eran ironía!
¿Qué este carnaval sirva de ejemplo? Ja, ja, ja.
Desorden político, invisible de la sociedad.
Y en ese confín de la tierra, de los años 50/60
era tema casi idílico, lanzándose flores y aguas perfumadas,
la niña de bien, perversa lanzando agua al distraído,
mujeres populares, las ninfas del barrio rojo, brotaban apelativos que despreciaban su conducta violadora,
un carácter tentando a la risa.
Las semidiosas elevaban sus divinas ropas
mostrando encantos al mundo eucarístico o mundanal,
con cuyo escándalo se libraron de ellos.