Cierra el grifo

Hoy se ha echado a llorar otra vez. Ya hace una semana y la vieja sigue con el grifo abierto. Le llevé las flores porque mi madre se empeñó, un ramo de gerberas amarillas con una tarjeta de condolencias; una cursilada total.

Pero mi madre insiste en que hay que ser amable con los vecinos, que vivimos jardín con jardín, que el barrio es nuestra pequeña comunidad, y que tengo que aprender a comportarme en sociedad en lugar de pasarme las horas enganchada al móvil, que ya soy casi una adulta y blablablá. O tal vez sospecha algo, no sé.

En cuanto abrió la puerta y me vio con el ramo, la vieja volvió a abrir el grifo. Me abrazó con sus brazos fofos y su olor a medicamento caducado y luego se sonó los mocos. Me agradeció mucho el detalle, me invitó a un té con pastas y me dijo que sabía lo mucho que yo apreciaba a Chico. Yo no me lo podía creer, las cosas que se imagina la gente. De vuelta a casa, atravesando su jardín desde la puerta hasta la verja, miré disimuladamente a derecha e izquierda por si veía la tumba. Mi madre dice que por supuesto que no lo ha enterrado allí, que bien sabe que está prohibido. Pero yo no me lo creo, mucha gente entierra a sus mascotas en su propiedad y les pone una placa o un arbolito o cualquier otra chorrada conmemorativa. No vi tierra removida, pero puede que lo haya enterrado en la parte de atrás, en un pequeño cementerio de animales a lo Stephen King.


Cierto que el perro me caía mal. Me lanzaba esos ladridos que retumbaban como si salieran de lo más profundo de un pozo y que me bañaban de sudor frío la espalda cada vez que pasaba delante de la casa. Lo cual era cada día, porque por ahí voy a la parada del bus, donde me encuentro con Susana. Cuando me lo cruzaba con la vieja paseando por la calle se me echaba encima con sus patazas sucias y me embadurnaba el uniforme de barro y babas. Según ella, porque se alegraba de verme. Además, estaba obsesionado con olerme el culo y meterme el hocico húmedo en la entrepierna, a golpes de morro. Pero lo peor de todo es que no dejaba de mirarme. Siempre que pasaba delante de la verja, sacaba el hocico a través de los barrotes y se me quedaba mirando y jadeando hasta que doblaba la esquina. Me observaba fijamente, sin parpadear, con esos ojos húmedos y brillantes de perro bueno, pero a mí no me engañaba. Había algo perverso detrás de esos ojos pitañosos, que parecían siempre a punto de echarse a llorar. Me recordaban a los del marido de la vieja. Él también me acechaba con esa mirada húmeda, con las legañas pegadas y la baba cayéndole por la comisura izquierda. Me observaba desde su silla de ruedas cuando pasaba delante de la casa camino al instituto y me seguía vigilando cuando volvía de vuelta. No se movía desde que había tenido el ictus, solo observaba la calle con la cara a dos centímetros del cristal. Sin pestañear, con los ojos lagrimeantes. Pero yo bien que me acuerdo de antes. Antes del ictus, cuando se paseaba con el perro por el barrio, espiando a los vecinos, acechando de reojo por las ventanas. Sobre todo, al final del día, cuando las luces estaban encendidas y era más fácil ver el interior. El perro y él, los dos voyeurs. Un par de veces me desaparecieron bragas del tendal y estoy segura de que las robó él. Mi madre lo defiende, que no puedo acusarlo así, sin pruebas, a un señor mayor y respetable, que a lo mejor simplemente se las llevó el viento. Pero yo estoy segura, lo veía en su mirada turbia de cielo nublado. 

«…estaba obsesionado con olerme el culo y meterme el hocico húmedo en la entrepierna…»


Yo no pretendía matarlo. Al perro, me refiero. El viejo se murió él solito. Nada más lejos de mi intención que cargarme al chucho. Cómo iba a pensar yo que iba a irse al otro barrio, creí que le daría una borrachera, que podría hacerle un video bamboleándose y cayéndose para los lados para colgarlo en Instagram. Ni siquiera fue idea mía, fue culpa de Susana, ella y su obsesión por crear contenido para sus seguidores. Cuando le conté sobre Chico, su morro en mi entrepierna, sus ojos húmedos como los del viejo, fijos en mí mañana y tarde, sus ladridos resonantes, mi sudor frío por la espalda, pero sobre todo sus ojos. Fue ella quien trajo los bombones rellenos de güisqui. Lo que nos vamos a reír, dijo, pon el móvil en modo video. Y eso hice, aquel viernes por la noche, con mi madre y la vieja ya acostadas, le tiré los bombones a través de la verja. Los devoró todos el muy idiota, no se paró ni a olerlos. Cuando vimos al chucho empezar a espumar, guardamos el móvil y salimos pitando. Yo me reí, creí que le daría diarrea y vomitona. Esa noche Susana dormía en mi casa. Vimos Cujo, también fue idea suya. Y comimos también bombones al güisqui, que se nos subieron a la cabeza, y nos reímos. Pero resulta que los perros no pueden comer chocolate, cómo te quedas, Ni alcohol, eso tampoco. Cómo se supone que iba a saber yo eso. Parece ser una especie de intolerancia o qué sé yo, no soy veterinaria. Nos enteramos al día siguiente, cuando llegaron los gritos y todo el drama. Lo siento por la vieja, de verdad, primero el marido y luego el can. Al menos ya no tiene que cargar con esos dos parásitos. Es mejor así, seguro que en unos días se dará cuenta y se sentirá mejor, más libre y feliz, y cerrará el grifo de una maldita vez.


Texto: Pilar Pérez

Imagen: Head of dog de Edvard Munch


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