Dentro de ti

Estos días no puedo tener la cabeza en otro sitio. En las dudas también, me surgen con casi todo, dudo cuando trato de escribir en prosa y abordar un tema de dolorosa actualidad. Tenía un poema para este mes y no sé si llegaré a publicar este texto que ha surgido de la necesidad de dar una vuelta de tuerca, estrujar la tristeza, la impotencia, la frustración, la pena para que goteen retazos alegres que cuando hay muerte también se necesitan oír.

Valencia, la tierra de las flores, de la luz y del amor, que decía la canción.

No visité Valencia hasta que fui mayor, y mayor me refiero a mujer adulta, casada y con hijos. De niña la visitaba a menudo con mi imaginación a modo de viñetas unidas por un solo hilo conductor.

Fui a esta mediterránea ciudad varias veces por trabajo, pero para mí solo cuenta la vez que fui con mi familia. Organizamos el viaje por amistad. Disfruté de unos días con mi marido y mis hijos, el pequeño acababa de cumplir seis meses. Mi amigo Víctor vive allí desde que aprobó su oposición. Ha plantado su maceta, conoció a su amor en Madrid y ambos decidieron que su lugar era Valencia. Se casaron y viven felices con su perrita. FIN

Víctor y Quino han sido los primeros amigos en venir a visitarme cuando me trasladé a La Haya, fueron los Reyes Magos de una Navidad entrañable; muy práctica, pues gracias a las ideas de Quino he sacado un baño extra en casa y la convivencia ha mejorado; pero sobre todo fue muy divertida; con Víctor y Quino siempre te aseguras unas risas. Ese mismo año aprovechando la emoción por tanto vernos, organicé el viaje anual al único destino posible, Valencia. Todos los miembros familiares excepto el entonces bebé se acuerdan con detalle de esos días, especialmente del paseo en barca por la albufera. FIN

Dentro de ti, escuché a Sole Giménez con su voz prodigiosa dedicar entrecortada por las lágrimas esta canción de Carlos Goñi a su ciudad, no de origen pero si de alma, y sé que he creado un vínculo inquebrantable entre canción y desastre. Escucho las noticias, luego la canción.

¿Tenéis ciudades idealizadas? Imágenes claras y vivenciadas aunque desconozcáis el lugar, imágenes que no pertenecen a un tiempo concreto porque se han creado de historias que habéis tejido a través de los relatos también idealizados que os contaba otra persona. 

A mi madre se le iluminaba la cara, los ojos, casi flotaba cuando hablaba de Valencia. Allí transcurrió su infancia y dio comienzo su juventud. Contaba historias de su prima Pili, que debía ser un poco descuidada y a mí me solía decir, “eres como mi prima Pili siempre con la manchita en la blusa” y es que tengo la extravagante costumbre que me acompaña desde niña de condecorar cada verano mi camiseta o camisa preferida con un lamparón de melocotón, mi fruta favorita; al tratar de limpiarlo da igual que producto o fórmula casera utilice, no se quita. 

¡Qué manera de disfrutar una naranja!

Valencia está dentro de mí. Mi madre hablaba sin parar del chalet en el que vivían, de su perra Katia que por supuesto no entraba en casa, de que aprendió a nadar en el mar de Valencia, ese mar donde olvidó enterrado su corazón; así lo escribí en un poema cuando enfermó porque su época feliz fue allí, en esa tierra de mar, de Tonet y de Roseta. Estrujando naranjas sanguinas; las hacía un agujero las apretujaba bien para sacar todo el zumo y se las bebía. Mi madre no comía las naranjas de una manera normal. Las pelaba en dos versiones: una manual, en la que realizaba cortes transversales a la piel como si fuera un balón de baloncesto, y luego tiraba de ellos, como deshojar una flor pero a lo bruto. La otra era más metódica; con el cuchillo, pelaba la naranja en forma de espiral y la cáscara debía salir íntegra para luego ser reconstruida en versión hueca. 

Primero engullía una mitad entera, momento en el que se callaba por necesidad, y luego abría de nuevo todo lo que le daban de sí las comisuras de los labios para introducir la otra mitad. ¡Qué manera de disfrutar una naranja! Luego con la boca ya jugosa, seguía hablando de Valencia, de la Malvarrosa, de sus primeros amores; entre ellos, todo un médico que la siguió escribiendo durante mucho tiempo después de que se trasladara a vivir al frío; de sus hazañas intrépidas porque ella era tan valiente como los chicos y se acercaba a las vías del tren cuando había algún muerto para ver el cadáver. Una ciudad que le regaló una infancia libre y salvaje.

Amaba esa ciudad y su plato estrella sin duda fue la paella con la que agasajaba a hijos y nietos todos los veranos, hasta que su salud se lo permitió. Era la única comida con la que nadie protestaba, y éramos multitud.

No soy de Valencia. Ni siquiera la conozco bien. No soy de Valencia aunque forma parte de mí por amistad. No soy de Valencia y está dentro de mí por el amor que le profesaba mi madre; porque fue su lugar. FIN

Mi abuela ha sido una de las personas clave en mi vida, jamás la llamé abuela, ni ella, ni mi abuelo lo consentían, ellos eran los YAYOS. FIN

— ¡Ven, que te voy a enseñar a hablar el Valenciá! Cierra la puerta, tanca la porta, las camas son las piernas y yo me voy a la llit que tengo sueño. Esta era la aportación repetitiva de mi abuelo, o mejor dicho, del Yayo Diego. Valencia, estás dentro de mí. FIN.


Texto y foto: Elena Azcondo


Escucha Dentro de ti en la voz de Elena

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