El sábado me levanté y me fui con mi familia de excursión.
Escueta y sencilla oración para lo que es una odisea: salir a la hora prevista, sin subidas de tono, ni tensión, el paso por el baño de última hora, el niño que se le antoja el juguetito, un olvido, las luces, un montón de etcéteras que convierten en insufrible este momento en el que te arrepientes de organizar lo más mínimo en familia.
En el coche, empezó a sonar mi móvil, uno, dos, tres mensajes, chat de amigas y los audios de R.
R. es una de mis mejores amigas, vivimos en distintos países, con horarios diferentes. Vidas incompatibles en directo. Mantenemos nuestra amistad a base de conversaciones en diferido. Ella suelta su monólogo, yo lo escucho cuando me quedo sola y nos contestamos cuando podemos.
No podía atenderla en ese momento y le escribí:
«Vamos en el coche en busca de la Navidad.
Está lejos.
Espero que merezca la pena.
Me he empeñado en hacer esta excursión.
Te escucho cuando vuelva. Gracias por enviarme el contacto. Besos».
He vivido momentos más lúcidos, menos embotados que este; lo achaco a la muerte, a los años de enfermedad y sus efectos; fracturas, disputas y pérdidas. Un proceso y un final que no solo acarrean tristeza. La pena la conocemos; convivimos con ella desde niños. Esto es otra cosa, se trastocó mi orden natural, me cuestiono lo más esencial, mi ser se descoloca, me separo del cariño, de mí misma, me golpea, me confunde. Puede que necesite incorporar nuevas piezas, escucharme con atención para identificar cuáles son, si las tengo o si no ir a por ellas. La escritora Joan Didion lo llamó el año mágico, yo no sé cómo denominarlo, solo quiero encontrarme y salir airosa de ello.
Miro a los niños, empiezan a caer rendidos, nos quedan dos horas y media de carretera. Él conduce y yo me puedo permitir hacer lo que más me gusta; mirar por la ventana, embobarme e imaginar.
Este paisaje de otoño casi invernal, los colores, tantos árboles. Qué suerte hemos tenido con el tiempo, hace frío y está despejado, un día ideal.
Le comento:
―La verdad es que tengo… Mis amigas son realmente bondadosas.
No me contesta, sabe que estoy en modo viaje. Sonrío porque me conoce bien, si me hace caso y me sigue, no sabe en qué puede acabar. Así que me deja a mí aire para que mi cabeza haga todas las divagaciones y relaciones que quiera. En algún momento le haré partícipe de alguna conclusión.
Desde que empezaron las disputas, leo y leo sobre el amor: El amor y los filósofos, El arte de amar, Tratados sobre el amor, La estúpida idea de no volver a verte, Las formas del amor, Voy a escribirte una carta de amor esta noche, El libro de todos los amores…
Necesito información, analizar, interiorizar, actuar. Pongo en duda mi capacidad de amar, trabajo mi amabilidad, miro todo como un milagro y me da pánico fallar en lo más importante.
Sigo en mi ensimismamiento; los niños se han dormido. Él conduce, ha puesto su música preferida pero estoy tan metida en mi mundo que ni la distingo. Una de las cosas que más disfruto cuando empiezo un libro es la lectura del prólogo, lo que cuentan del autor, ponerme en antecedentes, tratar de conocerle a través de la mirada admirada de otro y después irme a los agradecimientos; encuentro verdaderas cartas de amor.
Si tuviera la oportunidad de publicar un libro; si me dieran un premio, si me licenciase; tendría la excusa para escribirlos y leerlos en voz alta.
Mis amigas. Ya he dicho que son bondadosas. De vez en cuando alguna me sorprende con mensajes como este con el que me desperté el viernes, «señal de que tu corazón es niño, inocente y generoso», me descolocó, a la vez que me pareció precioso. Otra no sabe cómo organizar la Navidad porque en su familia no responden, no sabía si lucharlo o pasar, ella es de corazón acolchado, tradicional y dulce.
Yo: ¡Mira esos árboles! Vienen con la Navidad incorporada.
Prosigo en off. Brotan hojas de muérdago, forman perfectas bolas navideñas. El árbol las recibe, les da el privilegio de adornar su parte más alta, redondear su copa, cubrir su desnudez. Corre el riesgo de secarse y lo acepta.
X.: ¿Con qué estás ahora, amigas o ya has cambiado?
Yo: Pues sí, ando entre agradecimientos, amigas, la bondad…
X.: Suelta una carcajada ¡Madre mía! ¡Para qué habré preguntado!. Bueno, bueno sigue y ya me contarás.
De fondo suena «El Cadillac solitario», lo entonamos a dúo. Lo he escuchado tantas veces que no me doy cuenta cuando dejo de cantar y vuelvo al embelesamiento.
Agradecería a mis hijos, sobrinas y sobrinos, por estar, por ser, por haber nacido. A mis cuñados, a uno porque le adoro, al otro por su inmenso corazón. A mis amigas, ¿debería dar sus nombres? Hacer un acrónimo LACMRV, les reconocería su incondicionalidad, su bondad, la complementariedad con mi persona.
A mis hermanas por nuestro apego feroz, romántico y desmedido.
Y en último término sin miedo y la justa cursilería, daría las gracias al amor de mi vida por su paciencia, fe y libertad. Creo que sería el momento de darle la importancia que tiene, él nunca se la da y yo me temo que durante muchos años no se la he sabido dar.
Me despierto de mi atril y de mi speech, sonriente y satisfecha, como primer boceto no está mal, habría que desarrollar más, dejarlo reposar, darle alguna vuelta extra…
Le miro sin mirar, hasta ese preciso momento de despertar, sonrisa bobalicona, ojos vidriosos.
Yo: Cómo me gusta el camino ―disimulo.
X.: ¡Claro! Tú que no vas conduciendo. ¡Ho, ho, ho!
Yo: ¡Chicos, despertad! Estamos a punto de llegar.
Después del día entre mercadillos, calles estrechas y multitud de gente, cansados y algo decepcionados, emprendimos viaje de vuelta, de nuevo dos horas y media, esta vez sin posibilidad de historias en la cabeza, los niños no durmieron ni un minuto así que me giraba cada dos por tres, conversaba, cambiaba de música…
Por fin en casa, dispuesta a contestar a R. ¡Cuatro audios más! Me río
―R., te escucho mañana. Resumen. Lo pasamos bien. No nos gustó. El pueblo en sí era bonito, canales, puentes, castillo. Lo hubiéramos disfrutado más en cualquier otra época del año. Puestos sin encanto, restaurantes, todo en dos calles estrechas, atestadas de gente con gorros de colores, cascabeles, unicornios, osos y Papás Noel, colas interminables para entrar y poca amabilidad.
En definitiva, no encontramos la Navidad. Emoticono carita triste.
El pequeño abrió la puerta a voz en grito. ¡Nos hemos traído a Papá Noel! Sacamos las cajas, el belén, el árbol y nos sentamos a cenar.
Texto y foto: Elena Azcondo
Una respuesta
Una navidad encontrada en la adversidad y en la constante ilusión de los niños. Gracias por tus palabras.