El entusiasmo

Por  Elena Azcondo

Lunes y se respira. Tras pasar una semana con un calor asfixiante, notar el aire es una buena manera de comenzar.

El fin de semana transcurrió caliente, pegajoso, tropical, lleno de insectos que se encontraban a sus anchas fuera y dentro de las casas. El domingo era urgente el mar. 

De pequeña interioricé que todos los males se pasan con un chapuzón en las aguas frías del cantábrico y así me ocurre. Meto los pies, me dejo imbuir y el día cambia de perspectiva. 

En la actualidad vivo en una ciudad costera, no la arrulla mi mar transparente y cercano. Aun así es una suerte, pues cuando me acucia esa necesidad acudo a él de igual manera, aunque al acercarme le reproche su extrañeza y le exponga sus pegas.  

Me lancé, dos brazadas y fuera. Foto al biquini mojado y envío como un guiño instantáneo a una amiga optimista, vital que hace esa foto por costumbre, para la que siempre es urgente zambullirse,  sin pararse, sin pensar, sin preferencias. 

Llega el lunes y el entusiasmo se va. Lo fuiste dejando.

El viernes tras un madrugón insano al imponerte llegar a una clase de baile, gratuita, de prueba, sin fe y abundante voluntad. Sabes que pasados los cuarenta hay que trabajar elasticidad y fuerza. De pequeña hacías ballet, quizá algo queda. Allí, en un habitáculo lleno de espejos, encuentras a otras mujeres, todas distintas, abiertas a la nueva experiencia y a mejorar. Suena la música; te ves disfrutando, sudando la camiseta y te entra una emoción tontorrona, pero emoción al fin y al cabo que enseguida tiran por tierra cuando todavía acalorada comentas:

—¡Vaya qué momento! Tuve que contenerme, la música, los movimientos.

La réplica inmediata

—Por Dios, si eran los Bridgetown. Ja, ja, ja.

 Y contestas, sin duda mucho menos elevada

—Bueno, no lo sabía, me dejé llevar; no identifiqué la pieza que sonaba.

Me digo a mí misma un poco rebotada por cierto, ¡y qué más da si me entusiasmé!

Sigo a un nivel alto. ¡Los viernes se celebran! Envío un mensaje escrito y otro hablado a un amigo de toda la vida. Trato de transmitirle de manera concentrada la alegría por encontrarnos, contarle sobre este verano. Recibo escuetas dos palabras de vuelta. 

Y llega el sábado y tirando de ilusión, me organizo, dejo todo preparado. Empiezo a pelar patatas, tres kilos exactos porque como soy entusiasta en lugar de quedarme en la media y tener un hijo a lo sumo medio más, tengo cuatro y a las cuatro tengo taller de escritura con otras mujeres arrebatadas por la literatura y además lio a otra amiga que aunque no escribe, es bastante aficionada y resulta que este fin de semana se encuentra sola, por lo que yo estaría pletórica. ¡Un fin de semana exclusivamente mío! Sin embargo, parece que cuando de verdad toca, llega el nido vacío y la alegría se evapora.

Así que nos vamos las dos, nos unimos a las otras potenciales escritoras, caminamos quince minutos, charlamos, observamos, llegamos a la visita. Nivel de emoción en escalada. Una construcción monumental, un guía joven, guapo, estudiante de arquitectura, nos explica de «pe a pa» la historia del edificio, las novedades, la ampliación, los usos que le dan. Estancias que son clases, otras se utilizan como salas de reuniones, en fiestas de graduación y el edificio en sí es museo en ocasiones. Hay una parte restaurada reconvertida en residencia, con habitaciones que acogen alumnos de todas partes, muy internacional, todo excepcional, ecléctico, una combinación perfecta de lo antiguo con lo más moderno. Terminamos la visita encantadas y nos vamos a un césped cercano a hacer un picnic y a escribir algo relacionado con la visita, el texto debe seguir ciertas pautas. Las consignas dadas por nuestra directora de taller que a la vez es escritora, traductora, guía turístico y poeta. Escribimos con fervor una historia y charlamos del proyecto de publicar una antología con nuestros textos. Al abordar tema editorial flaqueamos, la motivación inicial se quiebra. 

Piden demasiado no nos van a escuchar, debería ser solo algo nuestro, sin tratar de comercializar.  Una comenta, «a mí me dijeron que si alguna vez quiero publicar, nada de auto editar».

Con vehemencia insisto. Hay que intentarlo, contactamos con editoriales, el no ya lo tenemos y la historia que nos avala es vendible, cercana. Mujeres de mediana edad, apasionadas, unidas por el mismo idioma, procedentes de distintos países, venimos a encontrarnos en tierra extraña, escribimos y tenemos un proyecto común.

Nada se veía claro.

Antes de comenzar el otoño organizan en la ciudad, en uno de sus espléndidos parques, un festival de cocina urbana, furgonetas como chiringuitos con comida y buena música.

«De aquí y con este buen tiempo nos vamos directas al festival».

Y allí nos dirigimos mi amiga y yo, sin haber probado bocado porque por aquello de cuidarse y no comer entre horas, no tomamos nada durante el picnic. Pensábamos volver a casa, hacer un alto. La emoción nos llevó hasta el festival sin haber hincado el diente a nada, no obstante por el camino lo intentamos.

Andábamos medio desfallecidas cuando vimos un bar abierto, nuestros maridos nos esperaban en el parque y teníamos poco tiempo, nos tomamos un agua con gas y pedimos algo de picar. Llevábamos media hora, la comida no llegaba, no podíamos esperar más. Con ímpetu y hambrientas nos levantamos y nos fuimos.

Llegamos al recinto, comimos algo y el entusiasmo volvió. La música reconocible, Eurythmics, Wham, Culture Club, UB 40, y algo nuevo que tampoco nos vino mal. Exultantes, bailamos, nos reímos, fin de fiesta y cada uno a su casa. 

Desde que llegué de vacaciones llevo repitiendo, convenciéndome, utilizándolo de mantra «este año es mucho mejor, va a ser mucho mejor».

Habíamos ido más veces al mismo festival, en un gesto exagerado, grité la frase, la invoqué a grandes voces.

Ya en casa, ¿y el frenesí?, ¿se va? No, se mantuvo en el enfado al ver el panorama. Trataron de reducirlo, suavizarme. No, fue un cabreo con fervor. 

Y amanece el domingo, el calor sofocante y como añado una buena dosis de empeño sigo ofuscada. He invitado a mis sobrinos a comer. «Me voy, necesito un baño urgente». Me sentí igual que cuando metes una sartén hirviendo bajo el agua, creo que podía verse hasta el humo. Gracias al mar, mantuve el humor, salió muy bien la comida, mis hijas desganadas, miradas indiferentes, cómo un bálsamo de aceite. 

Lunes por la mañana parece que el tiempo permite respirar, mientras siguen llegando y llegando facturas…

¡Ay, ay, el entusiasmo se va, no está!

Salgo; se puede respirar.

Busco una señal. Este año es sin duda mejor, el año pasado la palabra ni existía.

Me han contestado al email, han leído mi escrito.

Hay avances médicos en la enfermedad.

Ha sacado los billetes, viene a visitarme.

Mi mejor amiga ha regresado de su viaje.

He recibido un poema entre mis mensajes.


Texto: Elena Azcondo

Foto: @thethreemembers


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