El hermanito

La niña sabe que su hermanito es pequeño y delicado. Lo sabe muy bien porque todo el mundo se lo repite. Sobre todo, su padre, con esos ojos serios que no admiten réplica. Ten cuidado, es muy pequeño, es muy frágil, no lo toques, no ahí arriba en la cabeza, no le tires de los brazos, no lo saques de la cuna, es muy chiquito, es como un huevo, puede romperse. A veces el padre subraya el mensaje con un ligero cachete cuando la niña se asoma demasiado a la cuna.

La niña está harta del enjambre de parientes que se arremolinan alrededor del bebé, haciéndole carantoñas y hablándole con voces chillonas y estúpidas, como si hablaran con un animalillo sordo. ¡Míralo, qué monada! ¡Qué preciosidad! ¡Qué ricura! Pero sobre todo está harta de las preguntas. ¿Estás contenta con tu hermanito? ¿Cuánto quieres a tu hermanito? ¿No es precioso tu hermanito?

Los parientes revolotean en torno al moisés que su madre ha colocado en el salón para exhibir al nuevo miembro de la familia. Son como las moscas azules, las que se posan sobre la caca. La niña las ha visto en el pueblo, en el campo de las vacas. Le parece que hacen el mismo ruido, ese zumbido molesto que se te cuela en los oídos e intentas espantarlo con las manos sin conseguirlo. Pero por encima del zumbido todavía puede oír el llanto agudo del bebé, que su madre no logra acallar. Lo coge en brazos, lo pasea arrullándolo por la sala, lo acuna, lo besa, pero nada de eso consigue calmarlo. Hace solo unos días que el hermanito ha llegado a la casa y parece que no sabe hacer nada más que llorar. Llorar y mamar, mamar y llorar. Y la madre, con sus ojeras cada vez más marcadas, no hace más que amamantar y arrullar, arrullar y amamantar. Y el padre, regañar y gruñir, gruñir y regañar. 

La boca es un pequeño agujero redondo y oscuro

La niña se abre paso entre las piernas de los mayores y se va a su cuarto. Cierra la puerta, pero aún puede oír el murmullo de los parientes y el llanto del hermanito, alto y agudo como el de un gato, sorprendentemente fuerte para provenir de algo tan pequeño. Se acerca a la cunita con el muñeco que le regaló su madre cuando le contó que iba a tener un bebé. Levanta la mantita, lo coge y juega a vestirlo. Le pone los pantaloncitos azules, subiéndolos primero por una pierna y luego por la otra, estirando la goma de la cintura. Luego los patucos, enfundando un pie tras el otro, después la chaquetita, abrochando uno a uno los botones. Es difícil, se le escurren entre los dedos, pero finalmente consigue forzarlos en los ojales apretándolos contra el pecho del bebé. Mira satisfecha el resultado y le mete el chupete en la boca, que encaja con un clic. La boca es un pequeño agujero redondo y oscuro. Es una boca muerta, de ella no salen lloros como los que todavía se cuelan bajo la puerta. Con el muñeco es fácil, nadie dice no lo toques, nadie dice ten cuidado, nadie dice lo vas a romper. Puede jugar con él a ser una mamá, vestirlo si quiere, y también desvestirlo. Ahora desabrocha los botones, tiene que tirar de la tela, forzar un poco los ojales. Le quita la chaqueta tironeando primero de una manga, luego de la otra, el muñeco balanceándose de un brazo. Lo levanta por los pies, le quita el patuco derecho y lo lanza al suelo. Ahora tira del patuco izquierdo. ¡Plof!, el muñeco se escurre y cae sobre la alfombra con un sonido hueco, descalzo, los brazos y piernas abiertos como una estrella de mar. 

La niña se agacha. ¡Cállate!, dice, ¡llorica! Tira de las perneras del pantalón, lo zarandea. Ras, ras, el roce de la cabeza de plástico contra el suelo. Ya está desnudo. Es todo rosa, arrugado como un caracol, con el ombligo redondo y hundido. Pone el dedo índice en el ombligo y aprieta. La barriga se hunde un poco. Más, más, aprieta más. La barriga sigue hundiéndose. Quiere ver hasta dónde puede apretar así que presiona un poco más. El chupete sale disparado de la boca con un ¡plop! 

¿Qué haces? Dice la niña. Ahora no te pongas a llorar otra vez. A través de la puerta siguen colándose los lloros. ¡Que te calles, he dicho! El llanto suena ahora más alto y agudo, por encima del arrullo de la madre. ¿Es que no me oyes? ¡Que te calles! Agarra el pie del muñeco, pequeño, blando y resbaladizo. ¡Silencio! Lo levanta, lo golpea contra el suelo. ¡Cloc!, suena la cabeza hueca. ¡Cloc!, como si llamaran a la puerta. ¿Ya tienes bastante? ¿Vas a dejar de llorar ahora? El llanto cesa, solo se oye el murmullo de los parientes y la madre, su canturreo. La niña sonríe. Coge al muñeco en brazos, lo acuna y lo tapa con la mantita. Así me gusta, dice, que estés calladito. 


Texto: Pilar Pérez

Ilustración: Niña con una muñeca, Pintor: Ignacio Pinazo Camarlench: https://www.museodelprado.es/coleccion/obra-de-arte/nia-con-una-mueca/bbbe2aa5-3d1a-46c1-a610-54dbff08fb03


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