Por Nora Vargas

Llegó la mañana y su casa estaba cubierta de miedo y de silencio, aun así había demasiada esperanza. Tenía los ojos con lágrimas y miraba a través de la ventana. Timbró el teléfono y sus ojos se agrandaron al hablar a través de éste. Corrió a su habitación y se vistió apresurada, un traje hermoso y los aretes que más le gustaba a su amado.
En unos minutos llegó a ese lugar nunca deseado, un hospital donde ella, días atrás, ayudó a salvar muchas vidas. En la puerta principal, había cinco mujeres vestidas de color turquesa, todas forradas que solo dejaban ver sus ojos, portaban mascarillas que apretaban sus caras. La prepararon y, en unos minutos ya estaba como ellas, forrada de pies a cabeza.
Con su corazón en el puño, subió desesperada las escaleras. Abrió la puerta y entró a una sala fría que caló hasta sus huesos. Ahí estaba él, su amado, sobre esa cama, entubado y casi sin vida, la poca que le quedaba venía de esa máquina que tan pesada y ruidosa acariciaba su cuerpo.
¡Levántate! ¿Qué haces ahí?, preguntó con voz temblorosa. He venido a llevarte a nuestra casa, nuestra familia te espera. ¡Levántate! ¡Levántate mi amor! Irguió su cabeza, recorrió con su mirada todo su cuerpo pero esa máquina le mostró casi a un cadáver. Mi amor, si pasa lo inesperado, ve tranquilo, recorre ese otro camino si la vida así lo quiere, yo soy fuerte y me quedo aquí para seguir con la extensión de tu vida, nuestras hijas.
Chispearon sus lágrimas, mojaron hasta sus rodillas, quiso cogerlo de su mano, levantarlo de inmediato pero una decena de manos la detuvieron al instante. Salió corriendo, estrujó su corazón entre sus manos y miró como sangraba al amor que lo acompañó hasta ese día. Fue el último adiós a su amado.