Mónica miró a Pablo, sentado a la mesa frente a ella. Removía su expreso con la cucharilla, formando un pequeño torbellino de líquido negro. —Parece serio —se dijo para sí, llevándose a la boca la cucharada de tiramisú que se le había quedado parada por el camino. Recorrió la estancia disimuladamente con los ojos; sólo un par de mesas más estaban ocupadas. Era su restaurante favorito, un italiano acogedor con música relajante, donde los recibían siempre con los brazos abiertos y los trataban como a miembros de la familia. Al fin y al cabo, cenaban allí casi todas las semanas.
—¿Querrá pedirme matrimonio? —pensó Mónica, sintiendo que se le aceleraba el pulso y le empezaban a sudar las manos. —No es que quiera casarme —rescataba ahora con la lengua el polvo de cacao que se le había quedado pegado a los labios— y mucho menos con Pablo, que es demasiado bajito para mí. Además, sólo llevamos saliendo seis meses, y él es bastante vulgar e insulso, pero una pedida de mano, en mi restaurante favorito, sería magnífico. —la respiración de Mónica se aceleró ante la perspectiva— ¿Y qué otra cosa querría decirme, si no? Sé que lo tengo totalmente enamorado.
Imaginó lo que diría su madre cuando se lo contara mañana, durante su brunch mensual. No iba a poder creérselo. Su madre, que había dicho que su relación no tenía futuro, menuda cara le iba a quedar. De nuevo le demostraría lo equivocada que estaba, lo poco que la conocía. Sólo de pensar en ello, a Mónica le daban ganas de reír. Soltó sin querer una risilla ahogada.
Recuperando la compostura, se atusó un rizo que le resbaló sobre los ojos, se humedeció los labios y miró a Pablo, los ojos fijos en los de él, seria, pero no demasiado, dándole pie.
—Dime…
—Mónica, sabes que estoy loco por ti. Eres una mujer extraordinaria, inteligente, elegante, culta, con sentido del humor. Desde que te conocí, no puedo creerme la suerte que tengo, pero creo que lo nuestro no funciona.
—Perdona… ¿qué quieres decir con que crees que lo nuestro…? —Mónica se calló de repente, miró de nuevo alrededor, al resto de clientes, que tal vez no asistirían a una pedida de mano después de todo. Sintió sus mejillas enrojecer, el calor subiéndole hacia las orejas.
—Quiero decir que no creo que estemos hecho el uno para el otro. Y si ese es el caso, lo mejor es no prolongar las cosas. Más tarde será más doloroso.
—Perdona, Pablo, —lo cortó ella secamente— pero no entiendo lo que me estás diciendo. Por una parte me dices lo maravillosa que soy y la suerte que tienes de estar conmigo, con lo cual concuerdo. Y por otra… —Mónica hizo una pausa y miró alrededor. El camarero limpiaba la máquina de café meticulosamente, el oído girado hacia ellos. Volvió su mirada a Pablo, esperando.
—Mujer, no me digas que tú no lo has pensado. ¿O vas a decirme que crees de verdad en esta relación? ¿Nos ves juntos para siempre, yéndonos de viaje, pasando las vacaciones con mis padres? Tú eres demasiado sofisticada para mí, me consideras un mindundi y me miras por encima del hombro.
—No digas tonterías, si te miro por encima del hombro es simplemente porque soy más alta que tú y jamás salgo de casa sin mis tacones, no por arrogancia. Y tus padres me adoran, cuando me conocieron dijeron que estaban encantados de que por fin hubieses encontrado a una mujer con éxito y segura de sí misma, nada que ver con aquellas otras… —Mónica miró a Pablo, esperando su reacción.
Mónica se detuvo con un súbito temblor en los labios. El brunch de mañana empezaba a tomar un cariz distinto.
—¿Aquellas otras… novias? ¿Qué tienen de malo mis ex novias? Paula te cayó de maravilla.
—Paula es una chiquilla encantadora, algo inmadura, eso sí. Pero eso es lógico, no tiene la preparación y la experiencia que tengo yo, que soy una psicóloga de prestigio, una mujer hecha a sí misma. De verdad, Pablo, no te entiendo, ayer todo iba bien, hacíamos planes para las navidades con mi madre y ahora… —Mónica se detuvo con un súbito temblor en los labios. El brunch de mañana empezaba a tomar un cariz distinto.
—Si yo no te culpo, sé que se debe a tu educación. Tu madre es igual, otra mujer condescendiente, de éxito, psiquiatra reputada a la que todo el mundo adora y que te ha modelado a su imagen y semejanza.
—¡Pablo, detente ahora mismo! —la cucharilla salió despedida de la mano de Mónica, aterrizando sobre el plato con un sonoro tintineo— ¡Eso sí que no te lo acepto, mi madre y yo no podemos ser más distintas! ¿Cómo puedes siquiera…? —se calló de repente, esperando la réplica de él.
Pablo la miró a la ojos, callado, esperando. Entonces suspiró y se bebió el café de un trago, apoyando de nuevo la taza sobre el platillo.
—Mira, te voy a decir la verdad porque creo que te lo mereces. Hay algo de ti que me saca de mis casillas, y es el motivo por el que esta relación no puede continuar ni un minuto más. Mónica, tú nunca, nunca acabas tus frases. Las dejas en el aire, con sus puntos suspensivos, flotando entre tú y yo en una elipsis que me enerva.
—¿Perdona? ¿Me tomas el pelo? —lo miró como se mira a un loco— ¿Rompes conmigo porque según tú no termino las frases? ¿Es eso lo que me estás diciendo, de verdad es eso lo que…? —Mónica se puso en pie de golpe, arrastrando la silla dolorosamente en el parqué, colocándose el bolso en el hombro derecho, ufana, y mirando a Pablo con la boca y los ojos muy abiertos, las palmas de las manos hacia arriba. Después de unos momentos en los que él no reaccionó, se dio la vuelta con un golpe de melena, se dirigió a la puerta, arrancó su abrigo del perchero y salió a la calle. Un taconeo rápido y rotundo fue lo último que el camarero y Pablo escucharon, intercambiando una mirada.
Durante el brunch Mónica estaba todavía colérica.
—Olvídate de él, cariño; es un don nadie, no te llega a la altura de los zapatos. Tú te mereces mucho más, alguien más, alguien más… —explicó su madre, moviendo sus manos en el aire como dibujando una idea.
—Lo sé, tienes razón; no me merece, es un necio, un engreído, un…—replicó Mónica rabiosa.
—¿Y qué motivo te dio para romper contigo, qué excusa inventó, qué…?
Los ojos de Mónica vagaron hasta el espejo frente a ellas. Observó el reflejo de su madre, llevándose a la boca una cucharada de espuma de su capuchino, lamiendo el polvo de cacao de sus labios, atusándose con gesto refinado el rizo que le caía sobre los ojos, aguardando la réplica de su hija. Abrió la boca para responder… pero no sabía cómo terminar la frase.
Texto: Pilar Pérez
Ilustración DE Grace Cossington Smith’s The Bridge in Curve