Anoche vino la Segadora
y me encontró dormida.
No deseaba oírla
Sentirla
Ni tan siquiera olerla.
Como si su presencia no fuese conmigo
Como si la ausencia de aire a su alrededor
no me marease como un perfume caro.
Mis ojos cerrados a cal y canto
las lágrimas rodando
hasta mojar la almohada.
No era cierto ¿verdad?
No siendo tan joven, tan llena de vida
¿Adónde me llevas, dime?
Quise preguntarle con rabia y pena
Sacarle una respuesta
a base de ácido en mis palabras.
Pero no brotaron.
Murieron en mi garganta, hueca, vacía.
La Segadora, la Parca, la Maldita
me habló dulcemente
apenas un susurro:
«Duerme, mi niña, duerme
No temas a la noche, sino al día.
Duerme, mi niña, duerme.
Mañana será siempre».
Texto y foto: Anabel Lora Mingote