Por Elena Azcondo
Sunt lacrimae rerum, et mentem mortalia tangunt (Eneida, I, 462)
Hace un frío que pela. La calefacción está encendida; ella se pega a la ventana, imprime el frío en su frente.
Se acerca a la cama, se echa una toquilla sobre los hombros, es antigua. Está impecable, de un blanco natural de lana virgen.
Las mujeres de mi familia hacían punto, mi abuela, mi madre, mi hermana. La lana las unía, esa actividad compartida. Quizá la única unión palpable que queda entre ellas y yo. Hay noches que necesito el peso y el roce de la lana en mi piel, las necesito encima, encontrarme esa unión hasta conseguir el sosiego tranquilo que se produce cuando vas entrando en calor.
La toquilla se llama milagrosa, porque mi madre la llamaba así, le concedía un poder curativo. Se la ponía sobre su espalda cuando le dolía el hombro, o enroscada en la cintura con el dolor menstrual, después cuando mi hermana y yo crecimos, si teníamos fiebre o dolores menstruales o simplemente estábamos de bajón, recurríamos también a la toquilla, nos envolvíamos en ella, le concedimos el mismo poder de curación.
Una toquilla que desplegada era redonda, como una tela de araña, tejida como una red de cuadrados que partían desde el centro, primero en forma de flor y después iban surgiendo los cuadros, construyéndose en filas circulares, hasta que al final remataba en la forma de un pétalo de la flor que lo inició.
Mi madre y mi hermana se pasaban la vida buscando lana, recorríamos muchas tiendas, porque no en todas tenían la que ellas querían o bien porque no en todas conseguían la cantidad de ovillos que necesitaban para hacer su labor. Ellas no cesaban en su búsqueda.
En el fondo creo que la lana era una excusa para construir su relación, en torno a algo externo por lo que ambas tenían interés, sin tener que ahondar en los temas de la vida, el objeto en el que se centraba todo era la lana. Les permitía cotidianidad y conversaciones largas. Yo me limitaba a observar, servirles de modelo en alguna ocasión y reafirmarlas en sus aciertos cuando encontraban la lana y el patrón perfecto.
Mi madre y mi hermana buscaban la mejor lana, la mejor calidad precio, las mejores agujas, la mejor revista, los mejores patrones… Mi abuela era más de aprovechamiento, no tenía apego por ningún objeto y les daba total libertad para que entre las dos se volvieran locas hasta encontrar lo que querían. Con lo que mi abuela realmente disfrutaba era con la ejecución de la obra y sacar el patrón con el que mi madre le había retado para la próxima labor.
No recuerdo muy bien porqué tengo la toquilla, como llegó hasta mi casa, seguramente me la traerían mi madre o mi hermana alguna vez que estaba un poco floja. Mucho antes de que perdiera a las tres.
Hubo un año, o un par de años en los que mi hermana estuvo por temas de trabajo viviendo en Burdeos. Allí encontró la mejor tienda de lanas y compró muchos ovillos e hicieron muchos jerséis, chaquetas, y trajecitos para bebés. Aquella fue una época feliz, los bebés y la lana lo ocupaban todo, no había que plantearse nada más. Todo lo que se hizo con esas lanas sigue estando impecable.
Entre mis nueve y doce años, esa edad indefinida que mi abuela adoraba, todos los fines de semana los pasaba en su casa y me enseñó a tejer. En el tiempo de la lana de Burdeos pude volver a disfrutar momentos de ese cobijo que me ofrecía, cuando de niña me sentaba tan pegada a ella, que sé que le molestaba para hacer su labor. Jamás me separó. Se las componía para seguir tejiendo, yo escuchaba y a la vez me mecía con el movimiento, uno del derecho, uno del revés.
Admiraba las labores que tan primorosamente tejían, adoraba mirarlas. La contundencia y el peso de mi abuela, la rapidez y habilidad de mi madre, el desparpajo y folclore de mi hermana.
Mi abuela tejía, mi madre tejía, mi hermana tejía. Cuando mi abuela se fue, mi madre empezó a perder su interés por la lana, perdió el punto de encuentro y de conversaciones con mi hermana. Mi abuela se fue y tras ella perdí a mi madre y a mi hermana.
Una del derecho, una del revés, pasar la hebra, contar los puntos, echarlos hacia el inicio de la aguja para poder engancharlos, el dedo con la lana por encima, el choque de las agujas, clac, clac una del derecho otra del revés y mi cabeza traqueteándose al son de los brazos. Música celestial y con vaivén.
Una del derecho una del revés, patrón, lana y aguja, abuela, madre, hermana y una toquilla en la que se entretejen las tres.
Cuando faltó mi abuela, mi madre, se la echaba por encima sin buscar una excusa.
En estos días tan fríos, no espero a encontrarme mal para echar mano de ella, la saco con la ropa de invierno y la coloco en mi lado de la cama.
Un día perdí a mi hermana, perdí la cotidianidad compartida, los quehaceres conjuntos que completaban nuestro día a día, momentos de risas, alegría, pequeñas cosas, que adoraba. Creí que en ellas transcendían las grandes cosas que nos unían.
A mi madre la fui perdiendo, un día dije “mamá” sin estar a la defensiva. Otro día acaricié sus manos, la miré con ternura. Otro día, al decir mamá mi voz se quebró y otro día mis ojos que no se cansaban de admirarla mientras hacía, se esforzaron por mirar más allá de lo que veían.
Es necesario soltar, despegarse de todo, esto dicen en todos los manuales de autoayuda. Yo me apego a una toquilla de lana, antes cotidiana, sin detalles. Ahora tiene peso, textura, forma, nudos, huecos y uniones.
Hay muchas maneras de irse y muchas de quedarse, creo que todas valen.
Texto y foto: Elena Azcondo
Una respuesta
La que da consuelo abrigando los recuerdos del corazón, precioso escrito ❤️