Miedo

Por Ruth Iturriaga de Segall

Es una ruta a priori, de horror, de miedo, que mi corazón se estrecha, no respira.

Es un sueño realizable poner mis dedos en el teclado, sin pensar. 

Solo comencé con una larga frase, nació espontáneamente.

¿Cómo prevenir, sancionar y erradicar los delitos

y el abuso de poder sexual, violación?

                      VIOLACIÓN

Esta violencia sexual se debe cuidar con acciones.

La infancia es de gran fragilidad y de corta duración.

Bella es la vida con su virginidad.

Y así seguía soñando.

Una tremenda figura apareció.

Ahora iniciaré mi cuento de sueños en una laguna desierta de terror.

Pronto e inesperado e intenso de escenas de desastre mortal de una infanta.

Pequeñitos o pequeñitas víctimas.

Mantenía toda una vida sus silencios, sus emociones

y de sentirse asqueada.

¡Qué hemos hecho!

No hay nada, nadie que respondan y nada que hacer

en esos momentos.

Solo eran niñitos y niñitas.

Poder borrar de sus mentes y cuerpos sus dolores físicos.

Noches oscuras, tenebrosas se detenían de trecho en trecho.

Un rastro estampó su huella que los convertía

en una sombra de pecho por alcanzar su posesión

encontrando en la pureza virgen su deseo carnal.

¡Su propia hija!

Un anhelo, sólo se escucha el silencio…

Despierta y de un miedo que la abrumaba,

las que ejecuta en su prisionera, su belleza del alma

y de la carne temblorosa infantil.

Paralizada y sola.

Se sentía rígida, inmóvil, sin decir palabras…

De sentir los pasos sigilosos, un fantasma nocturno.

Sufrir cada noche la imagen nocturna de su padre.

Un sentir pesaroso.

¡Su padre!

Era un manipulador para que su hijita no hablara.

Era experto en manipular contando cuentos que a la niña le encantaban.

Y de ese paso llegaba a su cuento final, que el papá lo veía normal.

Hacerle cariños en la cama,

solitos y de noche. 

Es una aventura entre tú y yo.

Recuerda, nadie debe saber nuestro secreto.

Solo obedecía sus palabras.

Eres lo que más quiero en el mundo,

del mismo modo tus hermanitos, que duermen felices.

Tú eres muy dulce, calladita.

Nunca le digas a mamá, es muy buena, cariñosa y trabaja de noche.

Ella dice: cuidas a los niños y cántales o léeles un libro de cuentos

que tanto le gustan a la pequeña.

Con esa apariencia acechaba el pasillo con disimulo y a escondidas.

Amargas horas en la intensidad de la noche.

Sus añosos momentos van creciendo con pasos vacilantes.

Su infancia y su mocedad dolorosa la repelaban.

A voz en cuello, voz que la perdí con el viento.

 ¡Cuán pura e inocente es la infancia, jugando,

cantando y fantaseando en esa voz interior infantil!

Ay, madre, ¡tengo un diablo en mi cuerpo!

¿Qué dices?

El diablo es “mi” papá.

Mi padre, tu esposo.

Ahora, en mis quince años dañinos, mamá.

Horas pueriles, angustiosas. 

Enjuga su gesto doliente en llanto.

Es un Nocturno, un diablo que se lanzaba en la cama,

agarrándome y  abrazando mi cuerpo inocente

como si fuera su festín.

Horas monstruosas, desdichas, sin gritos.

Mamá, anhelo espantar la angustia y la tristeza,

mi constante inquietud y miedo.

Solo suspiraba por huir ante el monstruo de mi padre, 

evitarlo y evitarlo.

Mi cuerpo está deshumanizado.

Él fue, el agresor, mi padre fuerte, me acababa con su súper poder en mí.

La madre aterrorizada comentó dando un estallido y se desplomó.

Ahora entiendo ese amor enfermizo hacia ti.

Yo cerré los ojos todo este tiempo. 

Algo me decía. No lo sabía.

Fui ciega.

Perdona hija y la abrazó intensamente.

Ambas llorando, decididas, fueron al servicio

de emergencia de violaciones.

Denuncia hecha y firmada.

Por eso te cuido y te mimo.

Estoy en tu camita, ya caliéntame, mi amor.

Él le decía te protejo y valiéndose de su actitud de padre

acosaba sexualmente, su fin de lujuria reiterando

cada noche a su propia hija de cuatro años.

Indefensa criatura, indefensa, un agravio impúber,

víctima de muchos años.

Su madre y hermanos nunca se percataron de tal delito familiar.

Con el tema en la mesa, ella totalmente ingenua le comentaba a su marido.

¿Qué le sucede a Ethel?

Él respondió cínicamente.

A mí me preocupa también.

Contesta mi niña de ojos de almendra.

Ella rehusaba sus cariños.

¡Hijita, no seas arisca con papá!

No quiero comer y se iba a su cama

¿Qué le sucede?

La llevaré al médico 

NO, con voz rotunda y drástica.

Se le pasará, no te preocupes.

Así pasaron los años.

A los quince años empezó a comprender lo que

había ocultado hasta entonces.

Fue un crimen en vivo.

Cada noche.

Cada noche nuevas formas de abuso sexual.

No entendía las palabras.

Era una niña.

Recordaba sus palabras.

Acaríciame, mi niña, mi cuerpo.

Lo necesito.

Así podré jugar con tu pureza,

Abriendo una ruta para la felicidad.

Papá era el hombretón.

Así llegaba a su culminación cerrando mi boca

para obtener sus deseos sexuales.

Después de su acto la besaba y besaba.

No había escapatoria.

Quince años de espera para obtener una respuesta.

Solo encontró en ese lugar y momento el silencio, la soledad 

envuelta de una sombra más negra y densa.


Texto: Ruth Iturriaga de Segall

Foto: MART PRODUCTION on Pexels.com


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