POST-IT

Por Yolanda García Serrano

Todo empezó en un cuadrado amarillo. La nota, escrita en un post-it, era sencilla: «llamarla a las cinco». ¿Llamarla a quién? ¿A mí? ¿A las cinco de cuándo? ¿De hoy, de ayer? Yo ayer estaba a las cinco en casa. De hecho, estaba a las cuatro, a las cinco, a las seis. Y a mí no me llamó nadie. Hoy también estaba a las cinco, y a las seis, y a las siete. Y tampoco me ha llamado. ¿Entonces no soy yo esa ella contenida en la palabra llamarla? Y si no soy yo, ¿quién puede ser? Otra ella, está claro.

Pero si no soy yo, ni es un secreto ¿por qué no poner llamar a Ana, o a Lucía, o a Candela? O a cualquier otro nombre de la posible destinataria. Esa palabra, «llamarla», me produjo tanta inquietud que estuve a punto de preguntarle. Fue cuando llegué a su casa esta noche, justo antes de cenar. Me había citado él por la mañana, me había dicho: «ven a cenar esta noche». Y fui. Pensé que quería decirme algo importante. Las otras veces nos hemos visto siempre en el despacho, o a la hora de comer. A cenar, nunca. Puede parecer que soy una paranoica de libro, pero hubo un detalle que hizo saltar todas mis alarmas. Llegué a las nueve en punto. Me hizo pasar al salón. Muy bonita su casa, por cierto. Ya la conocía, pero siempre había ido cuando el sol entraba por las ventanas. Hoy me ha parecido preciosa. Las lámparas, las cortinas que dejaban pasar la luz exterior de las farolas, la penumbra en algunos rincones, todo embellecía el lugar. Me hizo sentarme frente a la mesa delante del sofá mientras iba a preparar un aperitivo. Y ahí estaba, ahí estaba el post-it. Justo enfrente de mí. Mirando a mi cara directamente. El lugar del sofá donde debía sentarme lo eligió él. «Ponte aquí», me dijo. Aquí. La mesa estaba vacía, a excepción de ese cuadrado amarillo que me miraba. No estaba colocado al tuntún. Era evidente que quería que lo leyera. De otra manera, habría más objetos sobre la mesa, un florero que creía recordar de las anteriores veces cuando fui a comer. O la bandeja de cerámica rosa que siempre me pareció más femenina que propia de un hombre de cuarenta y cinco. Esta noche habían desaparecido los objetos. Todos. Y, en sustitución del lote completo, había surgido el post-it. Y esa frase a la que llevo dando vueltas desde que he regresado a casa: «llamarla a las cinco». Voy a lavarme los dientes y a seguir pensando. Tengo mucho en qué pensar. Suena el teléfono. Son las dos de la madrugada y suena el teléfono. Se me encoje el estómago. Voy.


©2020 Yolanda García Serrano



COMPÁRTELO:

Facebook
X
LinkedIn
Email
WhatsApp

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

PUBLICACIONES RELACIONADAS

Mi futuro asegurado

Vivir sin ella

Nubarrón