A veces siento que el suelo vibra bajo mis pies. Es una agitación lejana y profunda que trepa por mis piernas y recorre todo mi cuerpo. Me aturde, me confunde como a un marinero en tierra firme. Mi padre me dice que todo está bien, que estoy a salvo, que el suelo no se mueve. Luego me abraza y me da un beso en la frente.
A veces siento que mi cuerpo tiembla por dentro. Me miro las manos, me observo fijamente en el espejo. Nada se agita, nada se mueve en el exterior. Sin embargo, mi interior está hecho de palitos de Mikado en equilibrio inestable. Mi madre me dice que trabajo demasiado, que son solo nervios, que necesito descansar. Luego me sirve un té y unas pastas.
En la oficina las reuniones se suceden una tras otra. Las discusiones, las fechas de entrega. Me tomo un café de la máquina expendedora. Amargo, oscuro y caliente, me rasca la garganta. Luego otro, y más tarde otro. La máquina es un zumbido agudo y permanente. La jornada está hecha de reuniones y cafés, discusiones y cafés, tensiones y cafés. Al final del día me subo al coche de vuelta a casa. Me aprietan los zapatos, me duelen los tobillos debido a los tacones demasiado altos. En la carretera recuerdo que no queda nada en la nevera. Entonces todo es muy rápido, el pulso se me dispara, el estómago se me encoje, empiezo a sudar, a hiperventilar, se me nubla la vista, me mareo, mis manos aferran y empapan el volante. De repente estoy parada en el arcén, los cuatro intermitentes parpadean, el coche se sacude con el paso de los otros automóviles a una distancia demasiado corta. Todavía no he podido soltar las manos. Soy una niña atrapada en un tiovivo acelerado.
Los halógenos del supermercado derraman su luz neblinosa y me hacen entornar los ojos. Recorro el área de frutas y verduras. Luego la de los cereales. Me detengo más de lo necesario frente a los chocolates. El carrito tiene una rueda suelta que gira enloquecida en todas direcciones, me obliga a aferrarme al manillar, a recorrer los pasillos como un esquiador en un slalom. El esfuerzo me irrita, me acalora. Pierdo el control y embisto una torre de rollos de papel higiénico. Me agacho a recogerlos. El sonido de los pasos, de las neveras, de las cajas registradoras, ha subido varios decibelios. Me pitan los oídos. Me falta el aire. Siento el sudor en la espalda, la ropa pegada a mi piel. Me quito la chaqueta, con dedos torpes me abro la blusa. Es como si tuviera fiebre, ardo por dentro. Voy a las neveras y tomo una botella de Coca Cola en la mano derecha y una cerveza en la izquierda. Aprieto la Coca Cola contra mi cuello y la cerveza en el pecho. A mi alrededor se suceden pasillos infinitos. No recuerdo dónde está la salida. Soy Alicia en el laberinto.
Es hora punta y me sumo a la cola fluctuante y nerviosa para entrar al metro. Dentro, me aprieto entre la turba malhumorada y somnolienta. El ambiente está tan cargado que siento que puedo apretarlo entre los dedos y derretirlo como si fuera algodón de azúcar. Huele a sudor y a piel húmeda y se me pega al pelo. Imagino que viajo dentro de una serpiente, recorro los intestinos de la ciudad a 80 kilómetros por hora. Me sujeto a la barra. Mi mano encuentra un hueco entre las de los demás pasajeros, algunas grandes y ásperas, otras pequeñas y finas, intentando no tocarse, compartiendo ese espacio vertical. Unidas a ellas, cabezas inclinadas sobre pantallas. Una voz de mujer anuncia las paradas con tono impasible. En cada estación las puertas se abren y se cierran con suspiros estridentes. Es la respiración de este animal subterráneo. El vagón traquetea, da una curva. La torre de manos gira y se aprieta, me encuentro emparedada entre una mujer flaca que me clava sus aristas y un joven con sudadera y barba negra que huele a cenicero y a café de ayer. Siento la presión en el pecho, el calor de sus cuerpos, me flaquean las piernas. La voz anuncia mi parada. Me suelto y me abro paso a través del bosque espeso de cuerpos huraños. Quedo aprisionada entre la corriente de entrada y la de salida. A un paso de las puertas oigo el pitido, van a cerrarse. La marea me recoge y me arrastra afuera, pierdo mi zapato izquierdo entre las piernas aceleradas. Me siento en uno de los bancos del andén y me echo a llorar. Soy una cenicienta urbana bajo la luz del neón.
Siento el sudor en la espalda, la ropa pegada a mi piel. Me quito la chaqueta, con dedos torpes me abro la blusa. Es como si tuviera fiebre, ardo por dentro.
Abro el periódico. Alerta naranja. Santorini tiembla. Lleva días sacudida por una serie de sismos constantes a los que han bautizado como «enjambre sísmico». Se han registrado ya casi trece mil movimientos telúricos. El epicentro está el algún lugar del mar Egeo, a unos 16 km de profundidad. Su efecto empieza ya a sentirse en las islas cercanas. Los expertos están desconcertados. Se teme un mega terremoto, una erupción volcánica, incluso un tsunami. Busco en el mapa las islas cicladas. Recuerdo Santorini, sus acantilados, sus cúpulas azules sobre paredes blanquísimas, la vista desde lo alto, la postal que envié desde allí a mis padres. Ahora es una isla fantasma, sus habitantes la abandonan en masa junto con los turistas asustados. Se agolpan en el puerto, abarrotan los ferris en un éxodo masivo. Me agacho y toco el suelo con la mano, cierro los ojos e intento percibir las vibraciones.
El médico me receta unas pastillas. Con una sonrisa de anuncio me asegura que pronto me sentiré mucho mejor. En casa abro la caja y las miro. Son bonitas, como de juguete, blancas y chiquitas. Me tomo una cada noche. Después me meto en la cama y me maravillo del enorme efecto de algo tan pequeño. Cierro los ojos. Mi mente se funde a negro. Mi cuerpo cae y se hunde en un pozo infinito. No recuerdo ningún sueño, sólo una anestesia espesa y placentera. Por la mañana mis párpados están pegados, mi boca pastosa, mis músculos lentos, mi cerebro envuelto en blandas bolas de algodón. Vuelvo a la rueda de la rutina: el metro, la oficina, el trabajo, comer, dormir. No soñar. Soy un caracol en un cuerpo de persona.
Semanas más tarde desayuno mi café con el periódico. La actividad telúrica disminuye. Santorini está dejando de temblar. Los científicos no pueden explicarlo. Tampoco pueden confirmar que no volverá a ocurrir. El gobierno griego afirma que la isla es segura. Poco a poco los hoteles reabren sus puertas, los turistas regresan en los ferris. Me llevo la taza a los labios y paso la mano por el papel, acaricio la imagen impresa, blanca y azul. Es la calma inquietante después del pánico.
Texto y foto: Pilar Pérez